lunes, 5 de noviembre de 2018

VIAJE A MADRID, EN TREN, ANTES DE LA OLA DE FRÍO

Viernes, 26 de octubre de 2018

He apagado regletas y desenchufado el termo y la mantita eléctrica. Como no me apetecía ir a tirar la basura a las 6 de la mañana (las bolsas con el grueso ya las había despachado ayer), he metido en el congelador (para que no se pudran y den mal olor) las peladuras de naranja y los posos de té del desayuno. En mi pasillo he dejado 20 grados centígrados; a ver cuántos tengo a mi vuelta…Dicen que viene la primera ola del otoño/invierno…

Como soy una agobiada, llego media hora antes a la estación. Los pocos que estamos, nos hemos sentado en los asientos helados: demasiado pronto para hacer cola…Pero en cuanto llega la señorita, y todavía sin abrir el check-point, la gente se levanta como un resorte. Yo, no.

Voy forrada por la cintura y “frotada” de flogoprofén, además de haberme tomado un paracetamol. He notado un puntito de dolor en la espalda y no quiero que me dé una ciática/lumbago…Ayer me atacó uno de mis raros arrebatos de zafarrancho casero y me puse a cambiar de sitio “columnas” de libros y a dar vuelta a la alfombra tras mover la mesa del salón.

En la sala de espera de la estación hay un anuncio enorme de Viesgo hablando del consumo fantasma, con la figura de “Contador”, el ciclista. A las 7 menos diez (15 minutos antes de salir), se abre la barrera.

En el vagón voy con un chico que es como una seta. Ha puesto su maleta en horizontal, ocupando su espacio y el mío, y he tenido que empujarla mientras él se concentraba en su móvil…

11 grados fuera a las 7.57 horas. En nuestro vagón no funcionan ni los letreros luminosos ni la tele. Decido ponerme los casquitos, pero el hilo musical tampoco funciona. Estoy despierta desde las 3, y tengo un sueño…

A las 8 y 12, RENFE tiene la deferencia de enviarme un mensaje al móvil para informarme de que estaremos parados en Bárcena de Pie de Concha 40 minutos (aprox.) por “interceptación de vía”…Y eso, ¿ qué significa…? Una de las veces que el revisor cruza el pasillo a toda prisa, le pregunto: “Hay un coche en la vía y lo están sacando…”.

7 grados a las 8.42 h en Bárcena. Parece que nos movemos…A las 9 h salimos de Reinosa. Los chopos, amarillos; los campos, en rastrojera. ¡Cómo me gusta viajar en tren…! Voy leyendo un libro apasionante sobre los caminos del mundo (En los senderos, de Robert Moor): desde los que dejaron organismos diminutos, los ediacáricos, hasta los de las manadas animales, incluidos los humanos. Ahora estoy en el capítulo que habla de los caminos del pastoreo. Hace años que pienso que me encantaría pasar unos días acompañando a un rebaño trashumante (es como si tuviera un gen pastoril de los principios del nomadeo…).


A las 10.30 h, estamos en Palencia. No sé cuánto retraso llevamos; solo que, cuando salgamos de Valladolid, nos quedará una hora a Madrid.

…¡He venido hasta Valladolid en el coche 8 en vez de en el 7…! Sin darme cuenta. Como a veces el vagón se divide en dos y en el nuestro no funcionaban los luminosos…

El revisor ha pasado tomando nota de los que tenían que hacer algún trasbordo o coger enlaces: Sevilla, Córdoba, Málaga, Valencia, Cartagena…

A las 11.45 h estamos en Segovia. 16 grados. A las 11.21 h teníamos que haber llegado a Chamartín. Tras la estación de Guiomar, empieza un ruido vibratorio espantoso. Me tapo los oídos: es bastante incómodo.

Cuando, por fin, vemos las 4 torres, una señora se cruza todo el tren con su maleta, hasta la máquina, para salir la primera al taxi. Me recuerda mis tiempos en Madrid cuando, para optimizar, te ponías en el metro en el vagón más cercano a tu salida…Ahora llevo mi paso y mi tiempo lentos de Santander, y no me acelero ni un poquito…

El último kilómetro, el tren se va parando cada segundo y todos los que estamos en el descansillo vamos mirando el reloj a ver si la aguja marca las 12 y 21 (1 hora de retraso) para que nos devuelvan todo el billete. Creo que nos han faltado dos o tres minutos… ¡Lástima...!

COSAS QUE ME SORPRENDEN

Lo primero que me llama la atención cuando salgo a la calle en la glorieta de Atocha es el anuncio “Madrid, con los años”, donde una mujer mayor sonríe acodada en el borde de una piscina (sigo decidiendo por mí). No recuerdo una campaña tan evidente donde los mayores sean protagonistas absolutos. Veré más… (con los años, sigo aprendiendo, donde un hombre mayor comparte ordenador con su nieto (también podía haber sido al revés…: una mujer mayor aprendiendo informática con su nieta…).


Mientras camino por el paseo del Prado, veo el logo “Madrid Central”, de próxima entrada en vigor. Significa que, en el centro de Madrid, el tráfico estará “restringido excepto vehículos autorizados”. Ello se une al carril bici y a las calles a 30 kilómetros/hora con la intención de pacificar el tráfico y disminuir la contaminación. También, que la ciudad sea más de toda la ciudadanía  y no solo de los automóviles.


Me “pierdo” en las tiendas de los museos: el Reina Sofía, CaixaForum y el Thyssen. En el segundo, una procesión de padres y madres con niñ@s: es por  la exposición de Disney, “El arte de contar historias, que finaliza el 4 de noviembre. Me compro De aquí al infinito, de la artista japonesa Yayoi Kusama.


Domingo, 28 de octubre. Día del tren

Reflexiones mientras camino por Madrid

(Los domingos, los carriles del Paseo del Prado, por el lado del Jardín Botánico, están cerrados al tráfico entre las 9 y las 16 horas).

Cada vez nos estamos volviendo más nerd y perdiendo el contacto con la naturaleza: en vez de andar por la ciudad o el campo, andamos en una cinta en un gimnasio; en vez de recorrer senderos en bici, miramos un paisaje en una pantalla mientras subimos y bajamos el trasero a las órdenes de un monitor/ora. En vez de ir a comprar la comida preparada, llamamos a Deliveroo o Glovo. Ya no son suficiente los patinetes o las bicicletas de toda la vida: ahora llevan motorcito incorporado para que no hagamos ejercicio, no nos cansemos y no sudemos. ¿Qué será lo próximo…? ¿El coche volador…?


Halloween

Todo está lleno de calabazas, telarañas y calaveras: panaderías/pastelerías, librerías low cost, restaurantes, academias de peluquería…, hasta una tienda de tarimas flotantes. Parece que todos se han contagiado…


Lunes, 29 de octubre. De cementerios

Aunque no suelo coincidir con el Día de Todos los Santos en Madrid, este año, sí, así que el lunes a primera hora cojo en Ópera el bus 25 al cementerio de San Justo. Hace un frío que pela y llevo mis gerberas (flor que descubrí en el cementerio judío de Praga, porque, a la entrada, solo tenían rosas y gerberas –antes, nunca me había fijado en ellas), abrigadas por los mitones.


A las 8.40 h hay atasco en la salida. Veo cola para entrar al Senado (a los coches los revisan por los bajos con un espejo, como en los tiempos del terrorismo) y me entretengo con la pantalla avanzada del bus: tiempo atmosférico (mañana, lluvia), tiempos a las siguientes paradas (falso, porque llevamos a paso mosca varios minutos), tiempos de espera…


La carretera de subida de la cuesta de San Vicente está colapsada a las 8.52 h. En las marquesinas, anuncios del servicio de autobuses a los cementerios entre el 25 O y el 2 de noviembre. En San Justo, los de mantenimiento siempre están arreglando algo…


A las 9.40 h, cerca de Sol, hay 7 grados, pero con el viento gélido, para mí, la sensación es de menos dos…Decido tomarme un chocolate caliente en San Ginés antes de coger el metro a Manuel Becerra para tomar allí  el bus 110 al cementerio de la Almudena. A esta hora hay cola (abren las 24 horas) y el aforo de sentados (56) debe de estar casi completo, Pregunto si me  lo puedo tomar en la barra…Un chocolate y 6 churros cuestan 4 euros. Ya restaurada, puedo continuar camino...


Martes, 30 de octubre. Al Jardín Botánico

Tenía el billete de vuelta para el miércoles 31, pero leo en las noticias de internet que está prevista una huelga de trenes para ese día (“Renfe suprime 295 trenes de pasajeros la víspera del puente del 1 de noviembre”). La huelga, al parecer, es en defensa de un ferrocarril público y de la implantación de una jornada de 37´5 horas semanales. No me quiero arriesgar a quedarme en tierra, o parada en la inmensidad de un páramo,  así que llamo por teléfono para cambiar el billete.

Solo me quedan unas horas, así que me dirijo al Jardín Botánico, lo más cerca que tengo de la casa en que me alojo. Una amiga me ha dicho que hay una exposición de bordados realizados por la madre de Miquel Barceló a partir de sus dibujos.

Cuando entro, a las 10, hay un bullicioso grupo de escolares en la puerta. Mi táctica es escapar del griterío en busca del silencio del jardín. Lo único que no puedo obviar es el sonido del tráfico en las afueras del parque. Mientras llego al pabellón que aloja la exposición, me voy parando aquí y allá: en el emparrado de forja de 1786, que rodea el parque por su parte más externa; ante los gorriones que saltan por el suelo, delante de mí, sin ningún miedo…


Ya dentro, ante esa maravilla de bordados, pregunto a la vigilante si sabe cuánto tiempo puede haberle llevado a Francisca, la madre del pintor, hacer una de esas filigranas. Me dice que ha oído comentar que “dos años” el verde de los animalitos. Sí, claro, pero cuántas horas al día… Yo, que siempre he sido torpe con la aguja y que se me ponía negra como a Teresina, la hermana de Celia, con el sudor del estrés, me quedo embobada mirando la obra de cerca: tantas cadenetas…


(Y mi trapito de costura, con 7 años. No he mejorado...).


En el cartel introductorio, leo que Francisca Artigues empezó bordando cosas propias, como el mantel azul de los peces.


Luego, su hijo le da dibujos de cefalópodos y ella empieza a bordar sobre sus manchas de acuarela. “Mi madre me pedía cada vez más cosas…”- cuenta Miquel.


Al terminar, me dirijo a la cafetería. Abierta desde marzo de 2018, está al final de la tienda/librería. Me tomo un café y un trozo de empanada. No me parece maravillosa y sí cara. En la tienda le compro a mi madre el catálogo de la exposición y, como se ha puesto a llover, decido volver a casa a recoger la maleta.


En Chamartín

Sentada mientras espero que pongan mi vía en el panel. Junto al tren con destino “Salamanca”, pone: “salida inmediata, 13.35 h”. Pero son las 13.45 h y aún no ha salido…

Me está entrando un sueño…, pero tengo miedo de dormirme y quedarme en este banco. Al acercarse la hora del embarque, la gente empieza a agolparse bajo la pantalla.

Salimos a las 14.14 h. 9 grados centígrados. Lluvioso. Las 4 torres tienen la “cabeza” en la niebla. Durante el primer kilómetro vamos a 10 km/h.

En el catálogo de la exposición de Barceló, titulada “Vivarium” (porque es un contendedor de seres vivos - según explica), leo: “Todo sigue siendo cuestión de luz y sombra…”. Se lo tengo que decir a Sonia, mi profesora de pintura. ¡A ver cuándo empezamos con la composición!…

Como se ha hablado tanto en las noticias  de la temprana nevada y de la ola de frío, voy mirando por el cristal a ver si veo nieve en la sierra de Madrid, pero nada (solo veré una poquita en los alrededores de Reinosa).


A las 15.45 h, poco antes de llegar a Palencia, se apaga el aire acondicionado, dejando en el vagón un silencio sepulcral (¡qué paz...!). Vamos a 9 km/h. Ya en la estación, el cielo sigue plomizo y el suelo mojado (no sé dónde está el sur que decían…). Grupos de estorninos se alinean en los cables de la luz.

Llego de noche a Santander (¡pena de cambio de hora!). ¡Qué ganas de irme a dormir a las 18.15 h…!

Otras cosas que me llamaron la atención en mi viaje a Madrid…

Las enumero:

-       Un anuncio en el metro sobre comportamientos.


-       Un anuncio en la calle de una caca avergonzada.


-       Las espaldas de Neptuno.


-       La “ermita” moderna frente al palacio de Telecomunicaciones, en Cibeles.


-     Los reales significados de las calles que recitamos sin pensar (la calle Arenal es, en realidad, la calle “del Arenal”).


Una cosa que me molesta enormemente...

Los letreros en las ventanillas de los descansillos del tren. No me permiten mirar bien ni sacar fotos. ¿No podían haberlos puesto en otro sitio...?


Y lo que me faltó por hacer…

No me dio tiempo a ir a la Residencia de Estudiantes (me encanta sentarme en los jardines o preguntar  por sus nuevas publicaciones) ni a la librería de la Biblioteca Nacional…






viernes, 26 de octubre de 2018

PASEOS DE OTOÑO. A VILLACARRIEDO EN AUTOBÚS

Lunes, 15 de octubre de 2018

Hace calor, en el bus, y fuera.  Tengo “descolgao” el hombro derecho y me duele mucho, no sé si de mala postura, o de cargar. El conductor es nuevo: no lo conozco.

Hace sur, pero el cielo está bastante enmarañado. 29 grados al sol en Guarnizo. ¡Bufff! “¡Quita el aire…, que da más calor…!” – vocifera un parroquiano desde el fondo del autobús. En la estación de Sarón, veo 5 viejitos asfixiados dentro de un pentágono de cristal. En Santa María de Cayón, banderines de que acaban de ser fiestas.

En Vega se sube un chico joven que huele a “Fa, limones del Caribe”. Es conductor en los autobuses municipales de Torrelavega e intercambia información con el chófer sobre sus respectivas condiciones de trabajo. Dice que dentro hace un calor…Yo voy con mi abanico todo el rato y haciendo meditación para convencerme de que no sudo nada-nada… En Santibáñez hay un barrio “Berlín”.


23 grados en Villacarriedo a las 16.30 horas. En el centro, me recibe Angelines (no la conozco de otras veces) y le digo que me voy a dar una vuelta para ver lo que hay de nuevo en el pueblo. “Solo han levantado la plaza. Como va a haber elecciones…”.


A las 18.30 h el luminoso marca 22 grados. Mientras espero en el asubiadero el autobús de vuelta, me atufo con los gases de los coches que pasan por la carretera general. Los estorninos hacen oír sus voces agrias desde tejados, chimeneas y antenas.

Llegando ya a Santander, las llamas de Ferroatlántica dan calor a la noche.


A VILLACARRIEDO, SEGUNDO DÍA

Lunes 22 de octubre

Me llaman de nuevo para hacer una suplencia…

Hoy es un día de otoño total: cielo velazqueño y luz anaranjada. Dicen los entendidos que las témporas han quedado de sur…


A las 15.17 h hay 26 grados al sol en Jesús de Monasterio. Con la infiltración, me siento estupendamente de la fascitis tras 7 meses de dolores en el talón.

En el autobús, ya de salida, una trifulca con un taxista “a pie”: algo en torno al color del semáforo. Al chófer de hoy ya le conozco de otras veces. Es afable, socarrón y bienhumorado.

¡Cómo puede decir la gente -que repite recorrido un día tras otro- que el paisaje es siempre igual…!

Una señora vuelve a su casa unas horas tras pasarse en Valdecilla tantos días que la compañera le dice que se va a tener que empadronar en Santander…Le explica que hace ganchillo para pasar el tiempo. Luego, comentan sobre las comidas de hospital: “Son de otros”… (quiere decir que no son "las de casa").

El timbre de petición de parada es tan agudo que te da unos sustos…Es un pitido espantoso.

Hoy en el pentágono acristalado de Sarón, los viejos son 6: dos mujeres y tres hombres, que ríen.

En el autobús, el aire acondicionado está frío de verdad; primero, me bajo las mangas; luego, me cierro la cremallera hasta el cuello, y ¡ganas me dan de ponerme la capucha, por mis oídos…!

El “limones del Caribe” se sube de nuevo en Santa María de Cayón. Esta vez no entabla conversación con el conductor.

Cuando llegamos a Villacarriedo, como me queda tiempo antes de dar la charla, voy hacia Las Piscinas y el parque alrededor. Los “caminos del otoño” están tapizados de hojas secas de avellanos. La cajigona está desmochada y parece seca, pero posa -contra el cielo- como si fuera una modelo de alta costura.


La vuelta, sobre las 19 h

Antes de dirigirme a la parada, me da tiempo a fotografiar un huerto bien guapo y a admirar la colina sin vegetación que me hipnotiza.


En el asubiadero, Miguel es uno de los habituales que vuelve a Santander al caer la tarde. Otro de los pasajeros es un chico que viene a los Escolapios, desde la capital, cada día.

En los campos, hay un montón de “bolas de silo”, unas en plástico blanco y, la mayoría, en plástico negro.


A las 7 de la tarde tenemos 15 grados. Ya hay chimeneas de leña funcionando en las casas de las umbrías. En el cauce del río, se ven un montón de árboles caídos.

Cuando entramos en Santander, el cielo parece "Mordor"...



lunes, 15 de octubre de 2018

PASEOS DE OTOÑO. A REINOSA, EN TREN

Martes, 9 de octubre de 2018

14.52 h. 28 º C al sol.

Nada más entrar en el tórculo, oigo la voz: “No está permitido jugar en el recinto de la estación…”. Una voz y un mensaje mecánico, aunque no haya nadie jugando…, ni se nos haya pasado por las mientes…

Ya dentro del vagón, pone 22 grados en el luminoso del tren.


Estoy mucho peor del pie, y de la pierna (tengo sobrecargada la pantorrilla), tras los ejercicios de rehabilitación para la fascitis.

En Torrelavega, un grado más, 23. Sin embargo, me he puesto botas y he traído mi abrigo-manta para la noche reinosana, cuando vuelva.

Hoy es un día de otoño claro y limpio. En las higueras, se ven los higos maduros y un poco enrojecidos.


De Los Corrales a Las Fraguas, el bosque autóctono junto a las plantaciones de pinos y los túneles. Por el desfiladero (las hoces de Bárcena), empieza a bajar la temperatura, pero donde realmente empieza a notarse es a partir de la subida de Bárcena de Pie de Concha. Con el calorcillo del sol en la ventana, me empieza a entrar un sueñito…

Recuerdo detalles de “Mis viajes en tren de Cercanías”. No hay como patearse un lugar para conocerlo al dedillo. ¡Cuándo podré andar bien otra vez…!

La estación de Molledo sigue fajada por láminas de aluminio. En Bárcena, el señor con su perro sigue viendo pasar los trenes…Ah, no: esta vez esperaba a alguien.

Las vacas rubias pastan en las laderas. En Pesquera, 19 grados a las 16.30 h. Los helechos ya “marronean”.


Las nubes van ganando terreno en el cielo azul. En el primer vagón, voy yo sola, no sé desde cuándo. Voy tarareando la canción de los leñadores en “Siete novias para siete hermanos”, que se me ha metido en el magín. Como voy sola… https://www.youtube.com/watch?v=4ChstJwEjIA.

17 grados en Reinosa a las 16.50 h. A ver cuando vuelva a las 19 h…

En Reinosa


Como no puedo andar mucho, voy a Vejo a tomarme un café con una pantortilla. Luego, camino a lo largo del río y por la calle principal mientras hago tiempo para dar mi charla, prestando atención a los grafitis y paredes coloreadas (entre los artistas, Okuda).. 


Compro arándanos frescos y patatas fritas (de bolsa) de Valderredible, una novedad. Me encanta comprar las especialidades de cada lugar como en La vuelta a la Galia, de Astérix…


De vuelta


La pantalla se ha quedado congelada en 15:52 h. Destination: Santander. 22 º C. En realidad, hay 16…



lunes, 8 de octubre de 2018

PASEOS DE OTOÑO. UN DÍA EN A CORUÑA. LA TORRE DE HÉRCULES



Lunes, 24 de septiembre de 2018

Ya que estaba aquí, tan lejos,  por lo del Camino de Santiago, lo que más me apetecía era visitar la torre de Hércules. Yo recordaba (aunque mi madre dice que no hemos estado…) que la habíamos visto de lejos, en autobús, un día lluvioso, de hace muchos años, cuando íbamos 15 días de vacaciones a Baiona, en julio, en los años 70.

Sobre las 8 y media, ya amanecido, cojo el 6 en dirección al faro (mi amiga Sara, en cuya nueva casa me alojo, dice que su vida se desarrolla en torno a la línea 6 hasta el punto que le he dicho que titule así sus memorias…).


No sé si me ven muy vieja, pero, en el autobús, me han querido dejar sentar dos veces…A estas horas, hay un montón de estudiantes que van a clase.  El día está un poco “gris Coruña”  y en la calle hace un vientecillo…. Aunque ponga 18 grados.

Supongo que me bajaría en la Avenida de Hércules, donde me dijeran, pero no me acuerdo. De lo que sí me acuerdo es del vendaval que soplaba. Menos mal que llevo mi forro polar y me pongo la braga náutica en la cabeza.

Cojo la avenida de las farolas rojas, pero no veo la torre de Hércules por ningún lado. Tardo un rato y,  hasta pregunto a un estudiante, para que me confirme.


Por fin, la veo en la lejanía, estática, hermosa, inmensa. Hoy, lunes, la visita a la torre es gratis. Si no, suele costar 3 euros. En la campiña que la rodea, destaca una colonia de urracas, con un gato que se pasea –ufano- entre ellas. El petirrojo que me ha acompañado en el Camino, también está aquí. Subo por el ancho camino de lajas. A estas horas, hay andarines que llegan hasta el faro, lo rodean, y ¡a seguir andando! Otros pasean al perro, corren o circulan por las sendas junto a los acantilados de la península.


“¿Me puede hacer una foto con el señor este…?”- le pido a un runner. “Es Carlos III…”- me dice, un tanto mosqueado. Y yo qué sabía que la estatua de ese fusilero era un rey…


Más tarde, en la caseta de información, me dedico a apuntar lo que me interesa sobre la torre y el faro: Ptolomeo lo llamó el faro trileukón (tres luces???). Su arquitecto fue un portugués (un romano luso), Caio Sevio Lupo, de Coimbra, en el siglo I. La torre era más baja y más ancha que en la actualidad. En 1788, un ingeniero, Eustaquio Giannini recubrió los restos del faro romano y le dio el aspecto que tiene hoy. Entre medias, pasó por muchas vicisitudes: fue atalaya, fortaleza, cantera…). Me encanta la imagen antigua de la torre con el farol alumbrando, por fuera, con un brazo externo.


A las 10 h empiezan a venir los turistas, pero yo ya la he disfrutado sola a placer. Tras usar uno de los baños “plegables”, tomo el camino de las farolas rojas (el paseo marítimo) que rodea la costa en sentido opuesto a las agujas del reloj, hasta el Aquarium.


Sobre las 11 h cojo el 3 en la escultura de una especia de pez/sirena hasta la plaza de Pontevedra, donde empieza la avenida de Finisterre. A partir de ahí, ya sé manejarme.

A las 12 h  estoy en el Arubas Café de la Avenida Finisterre tomando un ídem y un pastel de almendra (“es como la tarta de Santiago, pero en pequeño”- me dice la encargada .

Luego, voy a la calle Ciudad de Lugo, a mitad de la Avenida,  a ver cómo va la mudanza de mi amiga. Sacan las cosas por la ventana y todo va sobre lo previsto. Quieren recoger la antigua casa antes de comer y, tras la comida, descargar en la casa nueva.


Nosotras también comemos fuera, en la cercana cervecería Paradise: una ensalada y unos chopitos. Pero lo mejor es cuando con el café traen una botella con un líquido transparente y un pitorrito. Es café “con gotas” – me dice mi amiga, misteriosamente. Sí con gotas… ¡de aguardiente…! Así, contentas, nos vamos a seguir con la segunda parte de la mudanza.


Sarita no me deja hacer nada: solo he puesto tres en uno a la puerta de entrada, he comprado unos sacos de basura, he bajado dos bolsas  y, a duras penas, me deja quitar el polvo con un espray a las baldas y estanterías…

“Pero vete al centro y disfruta…!” No, no, que yo lo único que quería ver esta vez era la torre de Hércules y ya la he visto. Ya me he  apuntado para próximas visitas lo próximo que quiero ver: la casa de Rosalía de Castro y la de Emilia Pardo Bazán; la praza da Fariña; la iglesia de Santiago, el jardín de San Carlos, la colegiata de Santa María del Campo, la Fundación Luis Seoane y el convento y plaza de las Bárbaras…- por lo menos. Y ayer, por la tarde, fui a la playa de Riazor, que me dio un frío...".


P.S. Tras la torre, lo que más me ha llamado la atención han sido los tendederos de aquí: una puerta que se abre sobre las cuerdas y, en vez de asomarte al abismo, te asomas a las prendas mojadas… (nunca antes había visto esta idea). Cuesta la friolera de 400 euros y, si está cerrado por los lados, el doble…