viernes, 7 de diciembre de 2018

VIAJES EN TREN 3. LOS PUEBLOS QUE ME QUEDARON. LAS FRAGUAS (1)

LAS FRAGUAS, donde se rodó “Los otros”


Miércoles, 28 de noviembre de 2018

14 grados a las 9.51 h en el termómetro de la calle. En el del tren, ¡¡19!! Hoy nos han cambiado de vía: de la 2 a la 4. Menos mal que el de seguridad estaba atento y me ha “reconducido”. Iba enfilada…

En la taquilla, solo he visto a dos ciclistas. ¿No irán hoy los del Centro de Mayores…?

Salimos o´clock a las 9.58 h. Me alegro de llevar el reloj un poco adelantado…Tenía en la cabeza el horario de salida antiguo (las 10.06 h). En el primer vagón,  vamos la señora rubia de siempre (esta vez con una amiga/conocida) y yo. Día de sur, ¡otro!, con las nubes deshilachadas.


Al rato, pasa un “armario” de seguridad de renfe. Se baja en ¿Renedo…? No sé si después se intuye que ya no se sube ningún malandrín…

El luminoso se ha “encasquillado” y todo el rato pone: “Próxima parada: N. [Nueva] Montaña”. ¡Y ya estamos en Parbayón…! “No hay solución”- me dice el revisor (al acercarse, me doy cuenta de que es el que se cayó en la marmita de colonia cuando era pequeño...).

Antes de Renedo, los árboles están plagados de muérdago. Siempre me acuerdo de Panoramix el druida cuando lo veo. El segundo pensamiento es para las películas navideñas americanas (las del beso bajo el muérdago)...


En la estación de Sierrapando, ¿otro nido de velutina…? Está en un árbol a la izquierda  de la estación, en el sentido de la marcha desde Santander.

En La Caldas se sube un grupo de gente mayor, ¿del balneario…? Va a Los Corrales. “Al mercado” -le dicen al maquinista, que ha salido unos segundos de su cabina (¿irán dos o ha puesto el piloto automático…?). Son de Zaragoza. “Como el tren, no hay nada...”- apunta una. “Para los viejos, que somos los únicos que vamos… Y como cada vez quedamos menos…”.  “Nos lo quitan todo…”- interviene otra.

En Los Corrales sopla vientecillo… “Un minuto”- me avisa el revisor después de Las Fraguas. Me bajo en Arenas a las 10.55 h con 16 grados.

Primera parada: Arenas pueblo

Como Las Fraguas está a apenas medio kilómetro de Arenas de Iguña, decido bajarme aquí para desayunar, de nuevo, en “El Rincón”…

Vanesa (¿)  conoce a todos sus parroquianos por el nombre: “¿Qué tal, José…?, ¿Qué te pongo, Teresa…?”. Esta vez pido un chocolate caliente y un pincho de tortilla (2´70 euros).

Antes de ir hacia Las Fraguas, cojo a la derecha la carretera general hasta el final de pueblo: mansión con araucaria en el número 90, consultorio médico en una casona estupenda con portalada (Portalada Mesones)…


Están arreglando la Cooperativa del Campo de Arenas de Iguña, un edificio de piedra y ladrillo (fue Casa del Sindicato Agrícola y Escuela de Niñas allá por 1918); parece que le están cambiando las ventanas de madera, muchas veces repintadas, por unas de PVC. Enfrente, la Casona de los Lomas, ahora posada. Sobre ella, un enorme pino infestado de procesionaria se mueve al vaivén de un  viento cada vez más fuerte.


Aquí hay unas casas…, junto a rincones olvidados (con detalles maravillosos) donde crecen las zarzas, las hiedras y las hojas de acanto.


Llego hasta el final del pueblo por la acera y, cuando veo el puente elevado y muebles Anibos, me vuelvo.

Por el lado de la derecha, en un caserón con las ventanas rotas, se conservan los azulejos con el nombre del pueblo, blanco sobre azul marino, ARENAS (en un libro escrito hace un siglo leo que era una fábrica de harinas, de Cobo, Ruiz y Cía). 


En una de las paredes laterales se adivinan las palabras “Piensos” y “Las Co/Cu…”. ¡Las Cuevas II!. "1891", pone en un medallón de una pared que sobrevive, aneja, sin tejado. En la finca, un cauce de agua desviado, ¿un azud…?, no sé para qué.

Decido tomar una carreterita que va más cerca del río. La gran “nave” parece abandonada. Por detrás del campo de fútbol, una pareja de cuervos cruza, silenciosa, desde la otra orilla. El río y el viento compiten a ver quién ruge más alto. Es un agradable paseo por la hierba del campo de futbito, la bolera y el  parque infantil (con dos elementos para mayores) que va a dar a la cooperativa del campo.


Por un momento, me huele a judías verdes rehogadas con buen aceite de oliva. Son las 12 y 20 y, a pesar de mi segundo desayuno, no despreciaría un almuerzo con ese aroma…

El río va encauzado por el centro del pueblo. Creo ver otro nido de velutinas frente al consultorio médico, cerca del puentito con el letrero “Se venden estacas”.


En este pueblo hay de todo;  contabilizo, al menos: una farmacia, un estanco, un supermercado, tres entidades bancarias, parada de bus, instalaciones deportivas, 2 peluquerías, una panadería, una carnicería, un quiosco de prensa y chuches, el restaurante casa Victoria, la posada El Arrabal, la tienduca de Sara…, e incluso apartamentos turísticos a la salida del pueblo (Casa Castillo I y II).

Hacia Las Fraguas

Sobre las 12.45 h siguiendo "hacia atrás" las vías del tren, voy hacia Las Fraguas. Paso bajo un pasadizo de 2´5 m de altura para sortear los raíles. El viento arrecia.

Mientras camino, recuerdo que el año pasado en un curso de Románico, en Aguilar de Campoo, nos llegamos a comer al "Casón de La Marquesa" y, en otro curso, en Comillas (curso Casas y Jardines Históricos, en 2015), vinimos a ver los jardines del palacio de Los Hornillos.


Además, poco después de rodarse la película Los otros, como no vimos cartel de no pasar, casi llegamos a la puerta principal, y una chica, con uniforme, salió a decirnos amablemente que esa era una propiedad privada.

Pero perderme por las calles del pueblo, eso no lo he hecho, todavía…

La localidad queda a un kilómetro y, prácticamente, es un continuo de casas de pueblo y adosados/pisos de dos alturas. De hecho, tras pasar bajo un puente elevado comienza la finca de La Casona de Las Fraguas, con algunos trozos del muro derruidos y otros reconstruidos. Aún quedan restos de yedra seca sobre las paredes y la luz es cálida sobre las hojas de los árboles.


En el cruce hacia la autovía, dos carteles detallan todo lo que merece la pena en el Ayuntamiento de Arenas (al que pertenece Las Fraguas), incluido un mapa de rutas.

Ya cerca de La Casona, distingo en la otra ladera la carretera por donde ascendí a Bostronizo la semana pasada.

Las Fraguas siempre me ha parecido un pueblo “acogotado” por las vías de transporte (la carretera, los raíles, las instalaciones eléctricas…).


Dejo atrás la posada Ocho hermanas y el aparcamiento de La Casona. Cruzo el puente sobre el río Los Llares, que apenas lleva agua por uno de sus tres ojos y, cuando estoy en el otro lado, un paisano me pide desde su coche que le lea, por favor, la esquela clavada en el poste de la luz. “Menganita…”- le grito. “Es en Cieza, ¿verdad…?” “¿Cuántos años...?”. “88”. “¡Ya está bien!, ¿no…?”. El susodicho no creo que le ande mucho a la zaga…

El poste es el panel de anuncios del pueblo: junto a un cartel antiguo de una feria de ganado en San Felices, una fotocopia en color de una gata perdida, de nombre Julieta, y, en madera, el símbolo del Camino Lebaniego.


Voy hasta donde comienza un paseo peatonal junto al cartel “tachado” de Las Fraguas. ¿A dónde llevará…?

De vuelta, a mano derecha, una desviación hacia el punto limpio, la bolera El Chiringuito y la Ruta del Navajos (17´5 km, 5 horas y media) a Molledo. Otro día será…

Cogiendo por un atajín (aún quedan rosas en noviembre), me doy de frente con un enorme árbol de caquis, naranjas y bruñidos al sol.


A las 14 h salgo como una exhalación rumbo a Arenas. ¿Pues no quería comer en Casa Victoria el menú desde que lo viera el otro día…? El sol empieza a quedarse frío y me escuecen las plantas de los pies.


En el restaurante, son todos hombres: unos toman el menú, sentados en el minicomedor, y otros, el aperitivo en la barra (unas cervezas en botellín). Estos últimos, sobre las 14.30 h se van a comer a sus casas. Los que atienden son dos chicos jóvenes: un chico y una chica.

Pido lentejas y albóndigas con una caña. De postre, lo que entra en el menú: arroz con leche (mi padre estaría encantado). Todo por 9´50 euros. La tele está puesta, sin volumen, ¡magnífico!, y con subtítulos para sordos.

Me traen una “palangana” de lentejas, deliciosas y calentitas, con su chorizo, pimiento rojo y verde, zanahoria y cebolla. Mientras espero a que me traigan el segundo plato, leo los carteles que anuncian las especialidades recomendadas: hamburguesa de vaca vieja, 6 euros; rabas, 5 euros…, y sobre todo, “hacemos tartas y bizcochos por encargo”. Ummm. Con orujo, de zanahoria, de manzana y canela, de chocolate, lemon pie…El precio, entre 18 y 20 euros. Me llevo en un táper una buena ración del sabor de hoy, chocolate, por 3´50 euros, para merendar. Su artífice, una mujer joven que cree en la comida casera hecha con mimo.

Mientras vuelvo en el tren, la luz fuera es color caramelo.


SABER MÁS

https://aytoarenasdeiguna.org/. Web del Ayto. de Arenas de Iguña.







lunes, 26 de noviembre de 2018

VIAJES EN TREN 2. LOS PUEBLOS QUE ME QUEDARON. BOSTRONIZO

Bostronizo, la entrada a la ermita de Moroso


Miércoles, 21 de noviembre de 2018

9 º C a las 9.43 h.

Esta vez no cometo la tontería de no echarme vaselina en los pies, pero echo de menos haberme puesto unos legins (mallas) debajo de los pantalones…

13 grados en el tren a las 9.58 h. Me inclino por la primera medición…

En la taquilla, de nuevo un grupo de senderistas, no sé si del mismo club/asociación (hoy también es miércoles), o de otro…Son del grupo Cañadío [Grupo de Senderismo del Centro de Mayores Cañadío, de Santander]. Una conocida me informa. Van a hacer la Vía Verde entre Viérnoles y Suances (vía Verde del Besaya). Se han metido todos en mi vagón…El cielo está un poco enladrillado. Esperemos que no “llore”…

En Nueva Montaña la temperatura ha descendido a 11 grados. En Muriedas, ya son 10…Como cada parada baje un grado, en Arenas ( es la parada 18) voy a estar a bajo cero…

La señora que casi se queda en tierra si el interventor no le abre la puertecilla, grita detrás de mí con un pito…

Me voy fijando en los nidos de los árboles a ver si alguno es de avispa asiática (ahora que están desnudos de hojas es más fácil). Los de “palitos”, sé que no, porque al ser los de velutina de celulosa, su aspecto es más liso, como el de una vasija de barro. El otro día llamé al 112 para avisar, pero me dijeron que tenía que ser más precisa: calle, barrio…Que no valían las expresiones “en un chopo, al otro lado del río” o “desde el puente mirando hacia…”, Como ya he aprendido a geolocalizarme, me geolocalizaré. Soy la nueva versión de “Buffy Cazavampiros”. Yo, “Aída Cazavelutinas”…

En Parbayón, 9 grados. La restaurada estación de Renedo ha quedado muy bonita; sobre todo, original, con su cubierta de madera. El otro día no me di cuenta.


¿Otra vez cocido lebaniego…? ¿Pero es que siempre comen lo mismo…? El que recoge los dineros y las comandas es un calorífico: se ha quitado el forro polar y, aunque lleva camiseta de tirantes, se ha quedado solo con un niki de manga corta... “¿Cabrito y tarta de chocolate…?”.

A la estación de Sierrapando le han quitado, para mí, toda su entidad y su historia. Es como si la hubieran lavado y desnatado. La han dejado sin memoria (El antes y el ahora).


¡Qué paz…! En Viérnoles se han bajado todos (unos 30). En el primer vagón nos hemos quedado 4 (nunca mejor dicho).

En la estación de Las Caldas se ha caído un trozo de tejado y la zona está acordonada.


Esta vez nos quedamos unos minutos parados en Los Corrales esperando al Cercanías que baja. A las 10. 55 h hay 9 grados en Arenas.

Paro de nuevo en El Rincón. Esta vez, me tomo un café con un pedazo de bizcocho casero -esponjoso y con sabor a limón (2´80 €). “Yo no lo he probado…”- me dice la artífice de tal delicia.


Luego bajo hacia el Ayuntamiento a localizar el nido de velutinas. Me lo apunto: “frente a La casa de Basualdo, número 178, anexa a la iglesia de Arenas”.

El primer kilómetro lo hago a toda flecha (es camino ya conocido), a pesar de que me equivoco y cojo un atajo más atajo que el otro día. Llego a un puentecillo de cemento, nuevo para mí, y continúo. Un señor me dice que atajo más si tomo por delante de la casa en ruinas (frente a la de los dos leones de cemento, González Haya, número 3) y salgo a la carretera general. Así lo hago y, tras subir una cuesta bien pindia, llego al cartel de San Juan de Raicedo.


Antes de continuar, decido parar y quitarme el forro. Soy doña Calores cuando me pongo a andar…Las vistas son increíbles.


No hay arcén, pero apenas sube tráfico. De nuevo, los cuervos y las mariposas de los muros me acompañan. Hoy hace más fresco que la semana pasada. Se me ha olvidado el pañuelo para taparme las orejas  y el gorro de lana me da demasiado calor.

Kilómetro 1 de la CA-706, amarilla, a las 11.50 horas. La subida, de momento, es sostenida. Huele a pis de vaca como si 50 idems hubieran meado a la vez sobre la ladera…

Abajo, el pueblo de Las Fraguas: distingo la estación y el restaurante La Casona. Cerca del viaducto, en la lejanía, un pequeño incendio  (supongo que una quema de rastrojos “controlada”). En la colina soleada, a la derecha, unos operarios aprovechan para desbrozar un cortafuegos. Me da vértigo mirar para abajo, de tan arriba que estoy…Me siento en la cima del mundo.


La montaña sigue haciendo quiebros a derecha e izquierda. A las 12.20 h alcanzo el kilómetro 2. Ahora me toca la zona sombría de la ladera. Oigo el murmullo del río a mis pies y la reacción de un avión en lo alto. En la cuneta, hojas secas de castaño y avellano.

He llegado al kilómetro 3 en tiempo récord (son las 12.40 h), y me ha caído en la cabeza una “nuez” de eucalipto, El aire se vuelve rumoroso.

Delante de mí,  un cierre con lajas puestas de pie, y detrás, tumbadas al sol, cuatro tudancas.  Dos son curiosas y me miran mientras hago la foto. Las lajas están numeradas.


Oigo al pájaro chillón, ese que avisa en los bosques de que hay alguien foráneo (cuando llego a casa me viene el nombre a la cabeza: el arrendajo). Detrás de mí se empiezan a concentrar nubes negras.

En la desviación a Santa Águeda, me siento un momento en un banco de madera. No puedo parar mucho porque me quedo fría.

Llegando ya a una zona habitada, en el asubiadero que sirve de avanzadilla, unos cartones con unos pedruscos encima. ¿Para sentarse y no coger cistitis…?


El caserío se ve precioso, solitario y digno. Solo un perro ladra.

Kilómetro 4, Bostronizo. 13.10 horas (425 m sobre el nivel del mar, 107 habitantes en 2017). Esta vez los de carreteras han medido bien…Las terminaciones de las casas a la entrada parecen hechas por la misma mano: unos picurutos. Son casas de piedra contundentes para soportar el frío del invierno. Una es una venta (¿Hornizo…? No puedo leer bien las letras de la forja).


El panadero acaba de dejar el pan: en un alféizar, en un buzón…Atravieso el pueblo en busca de algún poste informativo que me indique la ermita de San Román de Moroso. Dejo atrás un albergue (Casa de Los Maestros) y las escuelas Gutiérrez Rasines.

El pueblo es bien largo y me lleva un rato llegar al final. Justo donde termina la última casa, veo el cartel rosa que indica un monumento. ¡Aún 3´5 km…! Es la una y media y no tengo tiempo para más. 50 metros más adelante, la carretera se hace pista…


Caballos y vacas se reparten las parcelas de hierba de los alrededores mientras las nubes se van concentrando sobre los montes.


Aún sin salir del pueblo, llega el butanero tocando la bocina a todo trapo para avisar. Ahora me fijo en que la bóveda del asubiadero parece una sección de una tubería gigante.

Cuando llego al banco de Santa Águeda, saco el sándwich de mi mochila. Tengo un poco de “gusa”.

A las 14 horas ya estoy en el kilómetro 3. Las hojas de los eucaliptos titilan al sol como cristales de colores y las hojas secas echan carreras por el asfalto. Por la sombra hace tal frío  que sueño con un chocolate caliente, aunque sea instantáneo de polvos.

Aún siguen los vilanos blancos de la hierba del peregrino y la cuneta está colmatada por las hojas secas de los robles. Entre las hojas caídas junto al riachuelo, se ven helechos verdes, como recién nacidos.


En el kilómetro 2 a las 14.15 h. Un paisano que sube con un perro va al cruce de Santa Águeda. “Lo conozco”- le digo. “Acabo de estar sentada en el banco de madera comiéndome un sándwich…”.

Las nubes hacen unos dibujos increíbles en el cielo. Poco a poco, la luz se va haciendo más mortecina a medida que el sol pasa más tiempo entre las nubes. A las 14. 30 h baja el minibús escolar datado en Las Fraguas. Me alegro cuando, tras una curva pronunciada, veo el pueblo, abajo. El aire cada vez está más húmedo.


Ya no está el coche de los operarios del monte en un metido; deben haberse ido a comer.
A las 14.40 h estoy en el kilómetro 1. Vuelvo a atajar, ahora de bajada, en el letrero de San Juan de Raicedo. La casa en ruinas es una maravilla de construcción en piedra seca (sin argamasa).


Paso ante un prado todo abonado por bostas de vaca. Una posa para mí y luego se va, indiferente. En la misma finca, una oveja cabrona se dedica a perseguir y a topar a otra todo el rato. Le debe tener una manía…


En El rincón he pedido un chocolate caliente y un pincho de tortilla. La han hecho otras manos, pero está igualmente deliciosa. Reconstituida, me voy a esperar el tren de las 15.24 h. La luz cálida  y anaranjada del atardecer nos acompaña de vuelta. ¡Cómo me gusta viajar en tren…!






viernes, 16 de noviembre de 2018

VIAJES EN TREN 1. LOS PUEBLOS QUE ME QUEDARON. ANIEVAS

ANIEVAS, un pueblo de leyendas


Miércoles, 14 de noviembre de 2018

12 grados a las 9.42 h en la farmacia de Jesús de Monasterio. Día despejado, azul y brillante de otoño.

Leo en Google que hay 6 kilómetros desde Arenas de Iguña a Anievas; Arenas es el pueblo más cercano desde el tren de cercanías. El bus de la empresa Ruiz que, llega a Barriopalacio, el primero de sus pueblos, sale a las 12 y 10, de Torrelavega (llega a las 13. 29 h). No es que esté muy bien comunicado por el transporte público…¡Veremos…!

En mi vagón, el primero, se han subido otros senderistas que no sé a dónde van. En total, vamos seis personas.

La salida de Santander hacia Valdecilla está invadida de plumeros y de reynoutria japónica.

El luminoso del tren marca 14 grados. La llegada prevista a Arenas, sobre las 11 horas.

Cerca de la estación de Nueva Montaña, en la ladera, una “higuera del diablo” (un ricino), venenosa, roja como la sangre.

El revisor cruza hacia la cola del tren (solo son tres vagones) dejando una estela suave a una colonia buena. Del segundo vagón viene precipitadamente una mujer buscando un baño. “Pues si no hay atrás, aquí solo va la máquina…”.

La niebla aún remolonea cerca de Parbayón, la mies que ya no es mies nunca más. Me ratifico, una vez más, en que me encanta el tramo de paisaje entre Parbayón y Renedo: sobre todo, su parte izquierda (en el sentido de la marcha).

18 grados a las 10.30 h a la altura de Zurita…, y yo no me he dado crema solar (y tampoco me la he traído…).

Efectivamente, los tres senderistas son la “avanzadilla” del grupo que vi ante las taquillas de Santander. Van todos amontonados en un vagón. “Pero si esto es la gloria…”- dice el que viene a recaudar el dinero de la excursión, 18 euros.

Se decantan por el cocido lebaniego y el arroz con leche. Son del Centro de Mayores de…, no alcanzo a leer el logo del polo del “recaudador”. Y eso que he girado la cabeza como un búho.

Cerca de Las Caldas, en un paredón, leo: “Fracking, veneno”.

Van a visitar en Museo de La Vijanera, en Silió.

En Lombera se bajar el revisor. ¿Será que ya no esperan que se suba nadie más…?

En Los Corrales (ya estamos a 19 grados) un señor reteja aprovechando el buen tiempo mientras otros dos marcan con unas cintas el terreno para que pasten los ganados???.

Poco después estamos parados un rato esperando…al Cercanías que baja. A las 10.54 horas ya hay 20 grados. El viento fuera mueve las hojas de los eucaliptos y las ramas de los pinos. Las hojas arrancadas se deslizan por el río haciendo la plancha.

¿Irán a hacer la calzada romana…? -elucubro. Van a Molledo. Acaba de pasar el maquinista para preguntarnos a cada uno dónde vamos. “¿Es que se ha caído la catenaria…?- pregunto, acostumbrada ya a los percances, pequeños, de todo tipo. “Es que hay un pequeño problema y vamos a esperar al Alvia”- nos dice. “Cosa de cinco minutos, menos…”.

Al final, llego a Arenas a las 11 y 10 (su llegada real eran las 10.54 horas). ¡Nada…!

En Arenas de Iguña


Cuando me bajo, hace un viento serrano. La estación siempre me ha parecido un poco destartalada, como desordenada. No veo dónde está el lector de mi tarjeta transporte y, tras acercarla a todas las ranuras y huecos visibles, llamo a un botón de información. ¡Qué cateta!. Está fuera de la marquesina, a la izquierda… También compruebo la hora de mi vuelta (en mi horario antiguo tenía otra, las 14.30 h…). Es a las 15. 24 horas. No puedo perderlo porque el siguiente es a las 18 h (con llegada a Santander sobre las 19) y llegaría muy pillada para dar mi taller…

Antes de empezar mi “ruta”, entro en el café-bar El Rincón, más que nada para ir al baño; pero me tomo un café y un pincho ¡enorme! de tortilla que me sabe a gloria. Es como las de antes: con cebolla y gruesa. “En mi casa, ¡de diez huevos las hacían…!”- explica la chica de la barra. “Así estamos de redondos…”. Otro parroquiano, mientras lee el periódico, comenta a un conocido: “Aquí, leyendo las mentiras que nos cuentan…”. Pregunto y me dicen que hay 4 kilómetros hasta Anievas, no seis. ¡Menos mal! Eso es asequible…


Si sigo el río Casares -según el mapa, que encuentro cerca del Ayuntamiento-, parece que llego a Barriopalacio. El viento huracanado hace sonar los chopos junto al río.


Voy a coger el camino del río, pero veo dos perros que vienen de frente..., y decido volverme y salir a la carretera general…

Un paisanuco me dice que el paseo junto al río dura unos 500 m. antes de salir de nuevo a la carretera. Los perros parecen amigables y me decido. Un gran chopo atraviesa la corriente, desgajado. Algo más adelante, distingo en otro chopo, en pie, un nido de… ¿avispa asiática…? Con el viento, las últimas hojas secas salen volando en todas direcciones.


Cruzo el río Besaya y, a pocos pasos, veo el cartel de Raicedo. Pero la carretera se separa del curso del río y decido tomar una desviación a la izquierda. Salgo otra vez a una carretera general que no sé si es la misma y he cogido un atajo, o es otra…Un mastín que cuida tres ovejas me ladra mientras seis cuervos salen volando hacia los árboles de la ribera. ¡Qué día tan bonito…!

Tras andar un kilómetro, me topo con la desviación a Bostronizo y a la ermita de San Román de Moroso, 4 kilómetros. Para la siguiente…

Ando a buen paso sin fascitis (gracias a la infiltración, que aún me dura). De repente, me viene un olor a leña de chimenea. Ummmm.

Llego a un cruce de caminos, y pienso: si he de seguir el río Casares, tendré que tirar hacia San Vicente de Toranzo (a 16 km), digo yo… Los cuervos van delante de mí, parando en las rastrojeras, mientras se desnudan de hojas higueras y avellanos.

Un paisano me confirma que voy bien mientras nos adelanta una moto blanca llena de luces, envuelta en música pop, que me  trae a la mente una imagen  de Elvis Presley.

La panadera en camioneta me dice que aún me faltan 4 pueblos y que Barriopalacio es el más bonito.

Dejo atrás Raicedo y su iglesia de San Juan con unos parroquianos conversando a su vera.
Huele a hoja seca y las voy pisando por el arcén (desde pequeña me ha gustado escuchar su crujido). 2 kilómetros a las 12.30 h. Mi ritmo habitual…: 2 kilómetros por hora…


Dos cuervos se persiguen en el cielo y aún quedan mariposas marrones (¿mariposa de los muros…?) en noviembre. ¿Será por el veranillo de San Martín…?

Al kilómetro 3 le ha costado aparecer: ya pensaba que me estaban haciendo “luz de gas” y alejándolo a medida que me acercaba. Si es correcto, solo me falta un kilómetro al primer pueblo de Anievas…


Bajando, llego enseguida a Barriopalacio (102 habitantes en 2017). Antes de cruzar el puentito, un poste me indica que la Ruta del valle de Anievas son 9 kilómetros (2 h 45´..., para los que andan a paso normal…).


Entro por el barrio de Abajo, y no hay nadie: solo el murmullo del río y las hojas arrastrándose.

Tiro primero hacia la derecha, a donde vi la iglesia. Los colores del paisaje son brillantes y jugosos. En la espadaña, le está naciendo una higuera y le flanquean dos zarzales. Un hombre desnudo de cintura para arriba tira de una manguera ¿? en una montaña cercana.


Por el lado de la izquierda paso bajo un pino/abeto espectacular siguiendo el letrero “MitoCasuca”. Así llego al barrio El Campo. Y luego a Campolafuente, donde está El horno. Ya tienen cortada la leña para el invierno.


En mi periplo por el pueblo, cruzo otro puentín y estoy en el barrio La Llanía. La gente que veo es poca, y mayor, en los balcones o por la calle, mirando desconfiados o expectantes.

Veo en las puertas varias herraduras de la suerte y, al volver una esquina, en lo alto de una tapia, me sonríen dos calabazas. Son casi las 14 h y he calculado que necesito hora y media para llegar al tren. ¡Me voy!


De vuelta, paso junto a una casa de 1900 y la que había visto al entrar al pueblo, con una especie de torre cuadrada (en casa leo que la llaman “La huertona”). El señor “desvestido” sigue en su ladera soleada, observando, o pensando.


La bruja que me saludó al entrar me saluda al salir. Una excursión de niños de 3º y 4º de primaria “acampan” en el parque infantil. Han venido a ver el centro de interpretación de la mitología de Cantabria.


ANIEVAS, PRIMER MUSEO DE MITOLOGÍA EN ESPAÑA. LA MITOCASUCA

De ser un pueblo de “leyendas” pasa a estrenar el primer museo/centro de interpretación sobre Mitología en España el pasado 20 de junio, en las antiguas escuelas,  promovido por la asociación vecinal y el Ayuntamiento de Anievas.


A mí no me da tiempo a verlo, pero leo que “En la planta baja se explica la mitología de Cantabria, a través de algunos de sus personajes más conocidos [El ojáncano, la ojáncana, el trasgo, la bruja…], basados en las obras de Manuel Llano y Adriano García Lomas [este último oriundo de Arenas de iguña], mientras que la primera planta se dedica a la fiesta mitológica de agosto”. Para concertar visitas hay que llamar al teléfono 942 84 06 13.


SABER MÁS

http://www.vivecampoo.es/noticia/barriopalacio-anievas-acogera-i-encuentro-pararte-16107.html. I Encuentro “Pararte”. Paisaje rural y Arte. 17 nov. 2018.


https://aytoarenasdeiguna.org/acceso-1/. Rutas por el municipio de Arenas de Iguña.

http://quefluyalainformacion.blogspot.com.es/2013/02/manuel-llano-y-la-literatura-infantil.html. RETABLO INFANTIL DE MANUEL LLANO: El Roblón, el Musgoso, el Trenti, El Arquetu...


(Entresacado de la obra de Manuel Llano)

EL TRENTI

El Trenti es un enano que anda por los montes vestido con un ropaje de hojas y de musgos. Duerme en las torcas en el invierno y debajo de los árboles en el verano. Come panojas y endrinas, pero no bebe agua porque dice que el agua le sirve de veneno. Es malicioso y pícaro. Se esconde en las matas de los senderos y tira de las faldas a las muchachas... Los ojos del Trenti son verdes y la cara negra...

EL ROBLÓN

El Roblón es un gigante que tiene los pelos de hierbas secas, las barbas de brezo, las mandíbulas de roble, la nariz de encina, la frente de haya, las piernas de fresno, los brazos de abedul y los ojos de lumbre.
Su jadeo mueve las hojas más altas de los árboles y las piedrecitas de los senderos...En el invierno se entretiene derrumbando las cabañas, abre grandes torcas en los caminos, cubre con pedazos de peña los remansos de las fuentes...

EL MUSGOSO

El Musgoso anda por el monte con su gran zamarra de musgo seco, con su sombrero de hojas verdes, con sus escarpines de piel de lobo. Es alto y delgado y de sus espaldas cuelga un zurrón amarillo, de cuero. Camina lentamente, como si siempre estuviera cansado, como si viniera de muy lejos, andando sin parar. Tiene la cara pálida, los ojos pequeños y hundidos, las barbas largas y negras. A veces toca una flauta, sin dejar de caminar. Cuando los pastores oyen la flauta del Musgoso, miran a las nubes con recelo. No tardará en soplar el vendaval. Entonces apacientan el ganado apresuradamente y ponen más piedras sobre el techo de paja de la cabaña, para que no lo lleve el viento.

LA GUAJONA

La Guajona es una vieja muy delgada y consumida que se tapa con un manto negro desde la cabeza a los pies. Sus ojos relumbran como las estrellas y sólo tiene un diente negro, muy afilado y muy largo.
De día no se la ve nunca. Dicen que está escondida debajo de la tierra como los topos. De noche sale de su escondite, anda por los pueblos como un fantasma y entra como las rámilas en las casas donde hay críos, mozos o muchachas sanas con buenos colores. La Guajona clava el único diente que tiene en una vena de los críos o de los mozos cuando están dormidos y los chupa la sangre, dejándolos descoloridos y debilitados.

EL ARQUETU

El Arquetu va vestido con un hábito blanco salpicado de pintas moradas. Nadie sabe de donde vino, ni donde vive ni a donde va. Es un viejo de melenas enrojecidas y muy largas que anda muy despacio y lleva colgado del hombro derecho una talega del color de las nubes cuando relumbra el sol.
Debajo del brazo izquierdo lleva un arca pequeña de oro, con adornos de bronce y de plata y en la frente tiene una cruz verde rodeada de llaves y de candados pintados.
El Arquetu tiene rabia a los gastadores y a los que tiran las haciendas en jaranas. Va por todos los caminos del mundo enseñando su arqueta, las llaves y los candados para que la gente rica y la pobre no malgaste los caudales. Cuando algún desgraciado pierde la hacienda y va por los senderos del monte llorando sus melancolías, se le aparece el viejo Arquetu con la cara hosca y con aires de compasión al mismo tiempo. Después de afearle su conducta, le consuela y le regala unas monedas de oro para que las siembre en el trabajo y se arrepienta de su mala vida pasada. Pero si no se arrepiente y gasta las onzas de oro en cosas malintencionadas, le castiga a pedir limosna toda la vida.

LOS VENTOLINES

Los Ventolines dicen que viven en las nubes de la puesta del sol. Son como los ángeles y tienen unas alas verdes y muy grandes. Los ojos son blancos como las olas cuando se desenredan, y la cara lo mismo que la de los ángeles. Cuando un pescador viejo se cansa subiendo las redes, bajan los Ventolines de las nubes de la puesta del sol y les cargan los peces en la barca y además los limpian el sudor o los abrigan con las alas verdes cuando hace frío. Después cogen los remos y traen la barca hasta cerca de las dársenas. Otras veces izan la vela. Si no hace viento, soplan inflando los carrillos volando detrás de la embarcación y hacen una brisa que es lo bastante para que navegue la barca. Hay un romance que empieza así:
Ventolines, ventolines,
 ventolines de la mar,
 este viejo está cansado
 y ya no puede remar...

EL OJÁNCANO

El Ojáncano es un animal con las mismas trazas de las personas, muy alto y muy gordo, con unos brazos larguísimos y fuertes. Tiene una cabeza muy grande, con unas melenas muy largas y revueltas del color de la sangre. Las barbas también son muy revueltas, como un matorral, y del mismo color que las melenas. Nada más que tiene un ojo grandísimo en mitad de la frente, que es muy morena. Dicen que vive en las cuevas más escondidas del monte  y que mata a todos los hombres que encuentra en su camino con una honda hecha de piel de oso o de lobo. Siempre anda descalzo y no se hiere los pies aunque pase por encima de los escajos más puntiagudos. Suele entretenerse llenando de piedras las fuentes y destrozando las cabañas de los cabreros. También roba a las pastoras guapas. La única manera de poder matar al ojáncano es arrancarle un pelo blanco que tiene entre las barbas rojas. Tiene de amigos a los cuervos y al cuegle.

LOS CABALLOS DEL DIABLO

Dicen que son almas condenadas por sus muchos pecados. El colorado dicen que es un señor que prestaba dinero a los labradores pobres y después los embargaba con trampas de mala ley; el blanco es un molinero que robaba muchas maquilas de harina; el negro, un ermitaño que engañaba a la gente; el azul, un tabernero; el verde, un señor muy rico que perdió a muchas mozas honradas, y el anaranjado, un hijo que pegó a sus padres.
Aparecen en la Noche de San Juan. Destruyen los tréboles de cuatro hojas y sólo la verbena conjurarlos.

Hay un dicho que dice: El que coja la verbena la mañana de San Juan no le pica la culebra ni bicho que haga mal.