viernes, 18 de enero de 2019

VIAJES EN TREN 8. LOS PUEBLOS QUE ME QUEDARON. VIÉRNOLES

VIÉRNOLES, el antiguo "Vermulas"

Jueves, 3 de enero de 2019

Dos vecinos por la calle: “¡A ver cuándo sale el sol…! Más tarde dará gusto, pero ahora…”. 8 grados a las 9.44 h.

Dentro del tren, el luminoso indica 9 grados a las 9.47 horas. Hoy me he dado cuenta de que las “barras horizontales” salen por detrás del letrero; por delante, la información sale bien.

Tenía mucho hambre (desde las 6 en que desayuné), y le he dado unos cuantos mordiscos a mi sanwich de fuagrás incluso antes de partir…

Voy sola con el revisor, creo, en el primer vagón. El cielo, saliendo de Santander, está un poco enmarañado. ¡Ah, no!  El de la calva reluciente, sentado delante, no es el revisor…, porque acaba de pasar.

Antes de Nueva Montaña, cruza el tren, de atrás adelante, “el “armario”. El de Seguridad es alto como un castillo.

Vamos 4 gatos pero, al menos, tenemos un tren decente, no como el de Badajoz-Madrid, que es antediluviano. ¿Cómo es posible que se diseñen AVEs, trenes de Alta VElocidad, carísimos, en ocasiones sin seguridad sobre su rentabilidad y, antes, no haya un tren de, simplemente, “velocidad alta”, digno para todos los habitantes del país…? ¿En qué piensan los que planifican, los gestores…? Y luego dicen que no debe haber dos velocidades, y bla, bla, bla.

5 grados a las 10.12 h, parados en Guarnizo. ¡Oh, Dios mío…!

En Parbayón, un candado solitario en un cable/alambre junto al asubiadero. ¿Estará iniciando la moda que propició Federico Moccia…?


Hoy no viene la señora del carrito y la muleta, ¿será porque es jueves…?

3 grados a las 10.23 h en Renedo. A este paso, en Arenas voy a estar a bajo cero…

En Zurita, han señalado los barrios con cartelería moderna y colorista. “Piélagos [el municipio a que pertenece], grande por naturaleza”- leo luego en casa, en la foto.


Los prados, situados al norte, en sombra, están “escarchados”. En Torrelavega, una pareja que se subía siempre, para bajarse en Los Corrales, hoy no lo hace. ¿Porque es jueves…?

La estación de Las Caldas sigue rota. ¿Ni siquiera como regalo de Reyes…?

En la llanura de Lombera hay niebla y ¡2 grados! A la estación de Los Corrales llega en coche una señora mientras estamos parados. Le cuesta correr y ha de cruzar la vía. Creo que lo coge: el maquinista ha debido verla.

En Las Fraguas y Arenas, niebla espesa y 1 grado sobre las 11 horas.


Voy lo primero al Rincón, a tomarme un chocolate caliente (y pido un pincho de tortilla para llevar. Como me he comido mi sanwich…). Escucho las conversaciones de bar: uno que entra, “Hay niebla, helada…”. Vanesa¿ contesta a quienes creen que le falta repertorio y  maneras para estar en un bar de hombres: “Con tantos hombrones, como para no aprender…”.

Tras llevarles las fotos prometidas a los parientes, mientras hago tiempo para el tren de las 12.30 h hacia Viérnoles, mi destino de hoy, recorro los caminitos más cercanos a la estación, paralelos o perpendiculares. Encuentro ortigas "escarchadas"...


Luego me siento, al sol, en un banco, de metal frío, a esperar. Como en Arenas es vía única, no tengo problema con “¿dónde me pongo…?”. Las traviesas son de cemento, incluso aquí…


VIÉRNOLES

Llego alrededor de las 13 h. Tengo algo más de dos horas y media hasta el siguiente tren. Siempre me han encantado las “volutas” del cartel del apeadero (“una cornisa moldurada y un frontis decorado con filigranas…, de 1885” –leo, buscando por ahí… http://patrimonio.coacan.es/apeadero-de-viernoles).


Tiro de frente (en dirección Reinosa; en sentido contrario, pone “carretera cortada”) y me encuentro con una senda peatonal roja. ¿Será la que llega hasta Barros, parte de la Vía Verde del Besaya…? La hice hace años – para preparar mi Camino de Santiago-, pero no recuerdo si pasaba tan cerca del apeadero de Viérnoles…


Hay mucho ruido de tráfico de la autovía. Las pobres vacas de una explotación cercana deben estar acostumbradas. Mucha sombra y demasiado ruido, así que, en un primer momento,  pienso en tirar -en la rotonda “de las estelas”- por el túnel bajo las vías. Pero luego decido seguir el camino rojo hasta llegar a un “casoplón”. Enfrente, media docena de burros, dos de ellos dándose lametones en el lomo.


Aquí acaba, al menos, de momento, el camino rojo, y me cruzo al otro lado. El casoplón tiene, junto a la puerta de entrada, un león rampante, bastante erosionado. Subo rodeando el muro de la finca, dejando unos mandarinos a mi derecha. Sopla un viento frío que corta el cutis. Camelias y mandarinas dan color a la piedra oscura de paredes y fachadas.


Al encontrarme con otro túnel, pienso si alguno de ellos será el que hizo El Rojo, un pariente Herreros, para dar solución a un problema ferroviario.Tras él, pareces entrar en Shangri-la: apenas se oye ruido y hay un microclima de naranjos y limoneros.


Descubro la primera prímula del año (según mi Guía, florecen en febrero/marzo?) y me dejo llevar hacia la torre de una iglesia que veo a mi izquierda.


En coche, he venido a Viérnoles varias veces, pero nunca he visto estos sitios que solo se descubren andando, al albur. Apenas se oyen unos campanos y el sonido moroso de un riachuelillo.

El suelo, en las partes más sombrías, está cubierto de musgo. Cuando la subida se convierte en atajo de piedras, agua y barro, decido buscar otro camino para llegar a la iglesia.


Frente a ella, en el número 375 A, se vende una increíble casona (Casa de Sánchez de Bustamante o de los leones -leo ya en casa) con escudo monumental  (con dos leones; para mí, resalta más el “emboscado del yelmo”…). 


Han puesto tela metálica en las ventanas y pinchos en los alféizares y balaustrada de madera, para las palomas, pero la tela se ha roto en algunos lugares y el balcón, la solana, está de pena. Hay una greca (un friso) maravillosa y unos tallados... (En internet, leo que la casa cuesta 375.000 euros…).


En el mesón La sota de bastos, un montón de estatuas “clásicas” colonizan el jardín. Una me trae a la mente a la Falbala de los libros de Astérix, no sé por qué.


Paso ante el polideportivo vecinal y el centro cívico social. Son las 14.30 h y he de ir buscando el camino de vuelta al tren. Hay mucho que ver en Viérnoles; porque el pueblo, en sus barrios (7), se extiende hacia la colina (el monte Dobra).


Me dejo llevar por la intuición, y también por el gusto: un camino con dos árboles llenos de palomas (al acercarme, veo que son estorninos) junto a una vaquería (una vaca joven sale a mi encuentro, al galope -hay cerca, menos mal- y me da un susto de muerte). Sí, un camino muy bonito, pero con llegada a…un prado particular. Vuelta.

Esta vez, veo de frente la sota de bastos que da nombre al bar. Me quedo sin palabras…


Siguiendo, salgo a la rotonda de las estelas que vi al principio y ¡vuelvo al ruido de la autovía! A las 14.50 h veo llegar un tren mientras subo hacia el apeadero por el camino rojo. ¡Lástima…! Pero no hay mal que por bien no venga. En una hilera de bancos, al sol, saco mi pincho de tortilla de El Rincón y me lo como con arrobo. Esta sí que es una buena tortilla…Lo completo con unos frutos secos (sin sal) y, ya restaurada y descansada, voy hacia la estación.


A las 15.20 h, el sol se está quedando frío. Cuando llega el tren, a las 15.45 h, ya me he puesto todo lo que traía encima y tengo las yemas de los dedos, que salen entre los mitones, a punto de congelación. Agradezco el calorcillo del interior…

SABER MÁS

https://www.eldiariomontanes.es/torrelavega-besaya/201705/17/viernoles-pueblo-casonas-20170517121104.html. Viérnoles, pueblo de casonas.


https://elpais.com/economia/2019/01/04/actualidad/1546625202_356246.html. La fiebre por el AVE deja en el olvido el resto de la red de ferrocarril.


Y una meme festiva…

TEN FE. Renfe cambia su nombre en Extremadura






lunes, 7 de enero de 2019

VIAJES EN TREN 7. LOS PUEBLOS QUE ME QUEDARON. SOMAHOZ (2)

SOMAHOZ. A la busca del puente ferroviario y el depósito de agua de La Quijano

El otro día dejé pendiente el puente Ranero (que no era el que tenía el voladizo de madera, ni siquiera otro pequeñito metálico); también quiero ver de cerca el puente ferroviario y mi “fortaleza medieval”, así que ya tengo varias aventuras para hoy.

Miércoles, 26 de diciembre de 2018

8 grados a las 9.51 h. en la farmacia. En el luminoso del tren, 12 grados…

Cuando estoy en el torco, veo a la señora del carrito y la muleta subiendo con dificultad al primer vagón. Al llegar, ya está arriba y le recojo la muleta del suelo.

Hoy hay niebla en la bahía de Santander, en las llanuras y en los valles. Esta noche ha caído una buena helada sobre los prados.


No ha pasado el de Seguridad, así que en Renedo me levanto a ayudar a la señora del “Inspire you”. Va siempre en playeras, con bermudas y con el mismo gorrito. Le poso el carrito en el andén y mientras baja, me dice: …“Y tan joven… ¡Qué cutis tienes! ¿Qué crema te pones…?”.


Desde Renedo solo vamos tres, conmigo, en el  (primer) vagón. En Torrelavega, se suben 4 jóvenes, dos chicos y dos chicas, bulliciosos y rientes.


Las Caldas sigue roto…El de Seguridad pasa antes de llegar a Lombera. En Los Corrales, los mismos 8 grados de Santander a las 10.42 h.

Pensaba hacer otro camino, pero en la dirección contraria (hacia el centro de Los Corrales) está todo sombreado, así que voy cara al sol dirección Somahoz, de nuevo.


En los campos, aún con rocío, bolsa de pastor, aristoloquias… Han florecido cerrajas (de julio a octubre, según mi Guía de plantas), jarillas y zanahorias silvestres (de julio a octubre). También veo algunos tréboles morados (de junio a octubre) y margaritas cerradas (quizá por la hora o el frío). E incluso un gordolobo (de junio a septiembre) y ortigas muertas. Quien no se crea el cambio climático, solo tiene que observar a su alrededor…

En el Fleming, me tomo un pincho y un café (2´30 €). Hoy el tema va de política: “Les han pillado en la estación a los de Podemos y Ciudadanos”…“Y Vox ha tenido un ataque de cuernos…”.

En el río, patos y lavanderas andando sobre las piedras. Creo ver una cascadeña, con la tripa amarilla y el rabito oscilante.


Tras cruzar el puente, de madera para los peatones, y siempre buscando el sol, tiro primero hacia la derecha, al final de las casas, llevando el riachuelo a mi izquierda.

Pregunto a un paisano: ¿A dónde va esta carreterilla? “¿A dónde quiere usted ir…?”- me contesta. El olor a “pis de vaca” es insoportable. Llego hasta un merendero y me vuelvo.


Tiro ahora por el puentecillo de metal pintado de verde y, en la horquilla, tomo el lado del sol, más a la izquierda (también más llana). Mi idea es volver por la otra orilla del río hacia Los Corrales. Voy a tomar un atajillo, pero un paisano me disuade: “Por ahí llega  a la presa y no se puede pasar” (Luego, tomaré este pequeño camino, que llega al puente ferroviario). Así que retomo por la carretera, con bastante tráfico a pesar de no tener ni líneas pintadas ni arcenes. Ciclistas y corredores son también usuarios. En la lejanía, entre zarzas y maleza, creo distinguir el puente de hierro.


Llego hasta el cementerio, pequeñito y soleado (son las 12 h). Detrás, el tanatorio municipal y el punto limpio. Aquí empieza un paseo rojo peatonal. Habría que barrerlo un poco (y arreglar algún socavón de la carretera). Si no fuera por el tráfico, sería un camino llano muy agradable de pasear.


Como hoy se me ha olvidado echarme vaselina en los pies, paro en un banco muy a mano junto a un níspero para hacerlo antes de que se me maceren los pies.


El señor que anda “a lo Fraga” viene también por aquí. Vuelve uno de los corredores, ¿de Puente Ranero…? Dos señoras que pasean sendos perros, me preguntan: “¿Viene de muy lejos…?”. Me dicen que, recto, puedo llegar hasta San Felices. Creo saber dónde estoy: en el puente que desde Corrales lleva a San Felices por una larga recta. Está cortado, así que tengo que buscar un paso.


Llego al kilómetro 1 de la CA-736 y me vuelvo. Dejo pasar delante de mí a un grupo de mujeres caminantes, vecinas, supongo, a ver por dónde van. Efectivamente: en el puente cerrado en obras  han dejado un paso para peatones, que yo no había visto.

Al otro lado, veo un camino de tierra a la izquierda que parece llevar al puente de hierro. Hago a unos señores parados hablando mi pregunta habitual: Este camino, ¿a dónde lleva…? Y me confirman: “Es carretera cortada. Ve el puente, y se vuelve” (Sí, buana- pienso).


Hay varias infraestructuras abandonadas y trocitos de ladrillo y teja incrustados en el camino. Dos cabritas me miran curiosas, convertidas en estatuas de sal. ¡Ah, no! Que una es un cabrón…


Es la 1 cuando llego al pie del depósito (mi fortaleza medieval). Vista desde abajo, la construcción de cemento es impresionante. Llego donde me permite el camino, y cruzo al otro lado del canal por una puertecilla  (ningún signo de “no pasar”, aunque luego leo algo sobre la alta tensión en un cartel que no había visto). Hago mis fotos y me doy la vuelta.


En el regreso, un montón de mirlos trastean de unos árboles a otros. Como tengo tiempo hasta la hora del tren, decido dar marcha atrás a ver si desde el otro “camino cortado” veo mejor el puente ferroviario.

Cuando cruzo el puente Ranero, oigo un villancico: “Ande, ande, ande, la marimorena…”. Y entiendo el tráfico…: como no pueden pasar por el puente, han de ir por el camino del tanatorio.

La señal, al inicio del tramo,  dice: “Recuerde, tramo en obras, 2 km. Máximo, 30 kilómetros por hora”. De ir a 30, ¡nanay! Un muchacho con una furgoneta de cafés El dromedario viene a toda flecha. Y en cambio de rasante. Me da un susto de muerte… Un Audi, incluso se mete en MI “camino rojo”. Otra furgoneta, lo mismo. ¡Que es MI camino…!


Alcanzando ya a las primeras casas, me paran la madre y la hija de los dos perros. Me cuentan que hace unos meses coincidieron con dos caminantes: una canadiense que estaba en Menorca trabajando, y otro chico de Europa del norte, que se dedicaba a caminar por el mundo. Les ofrecieron su casa e incluso los invitaron a Valderredible, de donde era la madre. “Nos han enviado una felicitación muy cariñosa, hecha por ellos”…


Llego hasta la presa por el otro lado, por un camino de tierra, y una pareja de azulones sale volando de súbito. Casi me caigo de espaldas. Luego, mientras trato de sacar el puente, escondida tras un árbol, para evitar el sol de frente, un perro empieza a ladrarme a la espalda, y casi me da un infarto. ¡Le has asustado! - me dice la dueña¿¿¿!!! Bueno, en todo caso, nos habremos asustado mutuamente - pienso yo para mí misma.


Esta vez me vuelvo por la carretera general hasta la rotonda con un romano a caballo. Junto a un poste informativo, la “Ruta cultural Los Leguarios” y un hito de piedra donde se lee: A Santander, 7 leguas.


En la placa al pie, de metal, explica lo que es un “leguario”: 5.572 m, es decir, algo más de cinco kilómetros y medio. La ruta es un “viejo camino acemilero, que atraviesa  el valle de Buelna…, también llamado  “camino de los vinos”, “camino de las lanas”, “camino de las harinas”, …hasta que el 15 de noviembre de 1753 alcanza el rango de “Camino Real”.

Al parecer, existen otros dos en las inmediaciones: uno en “Las Lombas, de Barros”, junto a la ermita de Nuestra Señora o Virgen de la Rueda (pone 6 leguas y media, a Santander), y otro a orillas del regato Rumiales, en Las Caldas.

Paso ante el cuartel de la Guardia Civil y me desvío a la derecha hacia una portalada. Son casi las 15 h. Paso ante el Centro de Salud y ya veo una señal amarilla que indica la estación. Al llegar a la portalada, ya sé dónde estoy. Una algarabía de pájaros en un jardín  cercado me acompaña hasta el inicio de la calle Industria. Pienso que me hubiera gustado alojarme en la fonda Buelna mientras aún era fonda, que veo al otro lado de las vías, cerrada y abandonada. 


“Toda esta zona de Corrales hoy está completamente muerta, salvo la bolera de la Rasilla”…- escribe en un blog un “corraliego por el mundo”. “Me llamo Francisco Javier Polanco Muñoz y vivo en Alcalá de Henares. Nací en Los Corrales, en la calle José Mª Quijano, enfrente de lo que en su día fue parada de taxis, junto a la Fonda Buelna, mejor dicho, en la casa de Muñoz, el de los piensos y pollos, donde vivían mis abuelos maternos…”. http://valledebuelna.blogspot.com/2018/02/corraliegos-por-el-mundo.html.

Tengo las caderas al jerez, así que mientras viene el otro tren, el de subida a Reinosa, y me quita el sol, voy a aprovecharlo sentada en un banco en el andén.

Unos cuantos vamos ya de recogida: ciclistas, excursionistas…El siguiente convoy a Santander es a las 18 h y el sol está quedándose frío…




viernes, 28 de diciembre de 2018

VIAJES EN TREN 6. LOS PUEBLOS QUE ME QUEDARON. LAS FRAGUAS (3)

LAS FRAGUAS. Iglesia de San Jorge y Palacio de los Hornillos


 Miércoles, 12 de diciembre de 2018

9.52 h. 13 grados en el luminoso del tren. Hoy iba tan ensimismada por la calle que se me ha olvidado mirar el termómetro de la farmacia. El tren lleva la calefacción a tope. Hace un calorrr…

Al ir a rellenar la tarjeta transporte en la taquilla, me dicen que tengo pendiente una salida en un pueblo (¿¿?). ¿Y cómo no me lo ha cobrado al salir por el torco de Santander, que es insoslayable…? Ninguna de las dos lo entendemos, pero como lo dice la máquina…


El tren tiene apagados los monitores y el de la vía también está en barras horizontales; solo funciona la banda corrida de los laterales. El día está un poco pocho y ha llovido por la noche (las aceras están mojadas), aunque el pronóstico no da empeoramiento hasta la tarde.

Salimos en punto a las 9.58 h. El de seguridad hoy es un hombre serio-serio. Hoy somos todas mujeres en el primer vagón. No he visto a los de la Asociación de Mayores que hacen senderismo ni tampoco a ningún ciclista. ¿Será por el tiempo…?

En Valdecilla hay una pequeña retención para entrar en Santander y las garcillas bueyeras trastean por los prados un poco antes de Muriedas. Bajo las nubes grises y blancas se ven trocitos de azul cielo.


El tejado de la estación de Las Caldas sigue roto y caído. Hoy no se sube nadie para ir al mercado de Los Corrales, quizá porque se vuelven a sus casas (un grupo de mayores espera otro convoy con las maletas en el andén).

Un chaval se sube en Viérnoles hasta Lombera, sin billete. El revisor le explica, calmo, que hay que sacarse la tarjeta.

Cuando llego a Arenas (voy a ver a mis parientes antes de echarme a andar), hay 10 grados a las 10.57 horas.

Tras tomarme un té (y llenarme de caramelos el bolsillo del chaleco), estiro los bastones sobre las 11.30 h.

Al cruzar las vías, pregunto a una chica con un perro negro por dónde ir al “Partenón” que veo en la distancia. Me indica, pero veo una carreterilla y la tomo; no tiene salida hacia la carretera general, pero rodeo la cerca de alambre y…la guardia civil está haciendo un control a los conductores en la rotonda. Uno de ellos me dice que puedo atravesarla con cuidado (no hay mucho tráfico). “Como no vueles, no hay otra manera…”. Hay que coger la desviación que pone a San Vicente de León.


Y de repente, al dar una curva, lo veo: el Palacio de los Hornillos, a la derecha del Partenón. Con el día nublado que hace hoy, sin sombras, resulta un poco fantasmagórico.


En el exterior, un poste de “Rutas de cine” con las localizaciones exactas de las películas realizadas en Cantabria en grados, minutos y segundos.  Además de Los otros, Primos, Altamira, La vida que te espera, el Invierno de las anjanas y Airbag.


No sé qué hacer; si rodear primero la finca del palacio o ir hacia la iglesia de San Jorge, en un alto…Elijo lo segundo. Mientras subo por la carretera, a la izquierda, entre zarzas y amentos, veo el Partenón como una mole griega trasplantada al valle de Iguña. Un ciclista, tan fascinado como yo, desde la bicicleta o tirándola en cualquier zarzal, toma incontables fotos de la mansión de Los otros. Los rosales de pie que yo saqué hace años se alzan solitarios sin una rosa.


¡¡¡Mirada a Grecia!!! -oigo a voz en grito. Dos ciclistas se han sumado al solitario y… ¡se acabó la paz! Pensaba que el Partenón/iglesia de San Jorge estaría dentro de una finca vallada, pero no. ¡A ver si se van los bulliciosos y subo! -pienso mientras cirvunvalo el edificio. Un caballo pasta tranquilo alrededor de las columnas, en la parte de atrás.

El cartel informativo recoge que el “Partenón” fue construido en 1890 como capilla-panteón de los duques de Santo Mauro, propietarios del palacio de los Hornillos. Con el tiempo, estos lo donan al pueblo de Las Fraguas y en la actualidad es la iglesia parroquial.

Sigo la carretera que bordea la finca del palacio por arriba en busca de una visión diferente, pero las zarzas y lianas impiden ver mucho más. Así, entre pitos y flautas, llego a la desviación que señala la localidad de “Palacio”. Una casa, en la intersección, así lo certifica. A la izquierda, San Vicente de León, por debajo del túnel.


Detrás del edificio del palacio, un montón de vacas blancas paciendo en el prado. Me doy cuenta de que regreso por un camino paralelo al que cogí el otro día, junto al río. En el campo de cardos secos y lampazos, las ovejas, esta vez, están repanchingadas, rumiando la mar de aburridas. Un poco más allá, las casas de tejado de lajas me recuerdan a las casas de campo inglesas.


Voy rodeando, rodeando, rodeando (lo más cerca que puedo de  la finca por fuera) hasta que consigo verla por su parte trasera. Es casi la una y media. Tengo dos horas más antes del tren.


En un banco frente al letrero de “Finca privada. Prohibido el paso”, me como mi sanwich de quesos varios. Ahora ya me hago una idea espacial de todo: la Casona de la Marquesa a un lado; el Palacio de los Hornillos al otro y, arriba, el Partenón. Para señalar el camino en el prado, una especie de prismas clavados en el suelo, pintados con cal blanca.


Salgo a la rotonda y llego al cruce que el otro día dejé sin investigar. Tengo tiempo de tomar el menú en Casa Victoria. Me mandan al comedor de arriba. “Si me da igual abajo…”. No hay tu tía. Así que como con mantel elegante. Mientras vienen mis alubias rojas, a otro comensal y a mí nos traen una selección de tres aceites para mojar pan (el que tiene sabor a ajo es distinto y delicioso).

Tardan bastante. “Es que solo estamos dos…”. “Ya, pero pensaba que lo que he pedido (alubias y carrilleras) era solo de calentar…”. Las alubias rojas están muy buenas, quizá un poco demasiado templadas. Dejo el tocino (hay texturas con las que no puedo, como los callos, las ostras o el “gordo “ de las chuletas…).

El que está a mi lado (debe ser cliente habitual), se queja del postre: “Es que el arroz con leche no me gusta…”. El helado de vainilla debe ser que tampoco porque le traen un bombón helado.

“Encima, no avisáis”- escucho que  dicen a alguien abajo. Del menú escrito en la pizarra han tachado el pollo a la cerveza. Las voces aumentan de volumen. “Es que mira el ruido que hay…”- trata de explicarme la razón de ubicarnos en el comedor de la primera planta. Aunque eso signifique subir unas ocho veces por persona. Luego, tienen a comer un grupo de seis hombres.

Las carrilleras están bien calentitas y muy tiernas, y las patatas fritas, recién hechas, duras por fuera y blandas por dentro, nada que ver con las de ciudad/supermercado. De postre, arroz con leche, ¡cómo no! Esta recién sacado del puchero, con azúcar quemada por encima.

Cuando termino, voy para la estación. Me pongo el gorro de lana y paseo el andén arriba y abajo para hacer la digestión antes de sentarme otra hora. El día ya está frío y oscuro de invierno a las 15.30 h.


La marquesina de plástico aparece quemada por cigarrillos y un chico con cara cerril se las pasa dando patadas a una columna. Por no verle, me voy a admirar un huerto de repollos y berzas junto a las vías.



En el tren, dos revisores hablan. Están calentitos con lo de la huelga coincidiendo con las fiestas navideñas: “Siempre nos toca a los mismos”…