(Estas notas, casi telegráficas, las encontré por ahí, de un septiembre en que mi hermana y yo viajamos a Inglaterra para recorrer Cornualles (Cornwall) en autobuses locales. Teníamos todos los horarios y todas las guías imaginables para compaginar servicios y trayectos).
Así comienzan...
"Vamos sentadas sobre la estela del ferry. El mar está un poco picado pero, en el barco, ni se nota. El sol anda algo picajoso y la costa no se ve por la niebla. Con los prismáticos, avistamos una gaviota solitaria que nos sigue.
12.30 a.m. Nubes bajas y
grises. Vamos hacia la boca del lobo.
14.05 p.m. (las 15.05 allá).
El tiempo es de cine (aunque el sol pica). Podríamos ir así hasta el fin del
mundo.
Detrás tenemos unos ingleses
gritones que son la pera limonera.
Comemos como cosacas. Es el aire del mar, eso creo…
Somos tan “modernos” que a
las 16 p.m. empieza el anunciado tiro al plato y una fiesta para niños, con
maquillaje incluido.
Con el sol se me han puesto
las rodillas tan negras como las de los pilluelos de barrio.
PLYMOUTH
Estuvimos dormitando en The Hoe, cerca del faro, y vimos The Barbican, un barrio con calles como Southside, llenas de encanto.
Una señora llena de barbas
rubias nos indicó donde bajarnos y, a las 5, en punto, estábamos en el
albergue, la antigua casa de un rico coleccionista de arte.
Tomamos el té con un
sudafricano, de viaje de placer por Inglaterra durante 6 meses. Estaba muy
interesado en que fuéramos con él al pub. Pero era demasiado “efusivo”. Le
dijimos que no.
A mitad de la cena, llegaron
dos chavales de Salisbury que iban a Land´s End (un sitio “lleno de moscas”, al
decir del sudafricano, por cuya visita te cobraban ¡4! libras), en bicicleta. Se
hacían unas 60 millas diarias. Nos despedimos por si acaso no volvíamos a
vernos.
En el albergue también
encontramos a una alemana de Hannover, bibliotecaria de risa estridente, que
viajaba sola. Nos contó que había estado dos veces en Australia.
En la habitación (con 5
literas) había una chica silenciosa y una anciana con pinta de “rambler”
(senderista).
El warden intentaba hacerse amable soltándonos algunas palabras en
español. Comimos pollo, yogur, y mi hermana pidió un pastel de manzana con custard (natillas), que no pudimos
acabar.
LOOE
Yendo a Looe pasamos St.
Germans, un pueblo precioso. Vamos sentadas en la segunda planta del autobús,
entre un túnel de vegetación.
En la playa de Looe, el mar
tiene el color del verdín y huele mal (a cloaca), así que no hay baño y nos
dedicamos a contemplar desde la arena los veleritos y canoas. Parece que aquí
es costumbre poner unos grandes escalones de hormigón en las playas, donde la
gente se torra sin ningún rebozo.
Cerca de Trelawne hay una
granja modelo del siglo XVI, donde se puede dormir. Se ve desde la carretera.
¡Lástima que viajemos en autobús!...
Por la noche, las casas de
las colinas encienden bombillas de colores en el porche, lo que les da un aire
de verbena o de casa de mala nota. ¡Cómo chillan las gaviotas…!
TRURO-PENZANCE
De Truro a Penzance el paisaje
está cubierto -en vez de por molinos de viento, como sería en La Mancha- por
una especie de chimeneas (¿tejeras…?). Son tin
mines: minas de hojalata (me fascinarán tanto que acabaré comprándome una
reproducción en miniatura. Si se pudieran rehabilitar, serían una casa perfecta
para mí…).
Aquí, la única manera de
viajar – al menos en septiembre- es en coche o andando, porque los autobuses no
recorren la costa.
En Saltash, el centro de
información está en las afueras. Solo tuvimos tiempo de llegar, preguntar por
un autobús de vuelta y regresar con las mochilas a cuestas, y andando- por
supuesto-, a tiempo de coger el autobús a Penzance".
No hay comentarios:
Publicar un comentario