domingo, 19 de junio de 2016

“FORCEJEANDO” CON LAS NUEVAS TECNOLOGÍAS


Este curso he decidido apuntarme a un taller de manejo de teléfonos móviles Android. Solo leer el título ya me da “yu-yu”: androides y robots. Me suena a alienígenas…

Lo cierto es que ¡cuánto les gusta poner las cosas difíciles a estos “linces” de las tecnologías…!. Últimamente, cuando quiero enviar una noticia a alguien, sale enseguida la leyenda en inglés: “Type the moving letters”, algo así como “Escriba las letras móviles”. Dicen que es para demostrar que hay una persona real detrás de la consulta, pero ¿por qué las letras tienen que bailar de un lado para otro y volverte china decidiendo si es una “p” o una “b”, una “i” o un “7”…? No lo entiendo. Más de una vez, no lo consigo correcto y he de realizar un segundo y hasta un tercer intento. ¿Será que nos quieren disuadir de enviar noticias a nuestros amigos…? ¿Están evaluándonos alguna capacidad ignota…? ¡Pues que lo digan!

Menos mal que, a veces, solo son números “torcidos” (al menos, no se mueven), aunque están como “enarenados” y no se distinguen muy bien (¿es un 6?, ¿un 8…?).

Otra cosa que me estupefacta, a mí, que soy un poco “arbularia” y tengo la pantalla principal llena de iconos (porque todo tiene prioridad para mí), es cuando uno de estos, de repente, un día, desaparece, pero no porque lo haya enviado sin querer a la papelera, sino que está oculto en el “desván” de la pantalla, a la derecha de esta, pero que no se ve (solo si en “Inicio”, “Buscar programas y archivos”, pones el nombre del que se te ha perdido, aparece). ¿Y cómo hacer para atraerlo de nuevo a la pantalla principal…? No lo sé. A veces, veo el filito de un documento y lo atraigo desde la derecha al centro con el ratón. Pero si está muy allá, más a la derecha…Tengo que preguntarle a Marta, mi mentora en esto de las tecnologías imposibles.

¡Andáááá!... ¿Por qué se me ha puesto una foto de fondo de pantalla si yo no me hecho nada ni le he dado a ningún botón…?

Y ahora el phising, el malware y los botnets. Si es que no gano para sustos. El otro día una prima me llamó por wásap mientras estaba en el autobús y, aparte de que se oía muy alto – lo oía todo el autobús-, no sabía dónde tocar para acallarlo, apagarlo o cerrarlo. ¡Qué vergüenza! Era la primera vez que alguien me llamaba por wásap. Encima, consumiéndome mis datos sin yo comerlo ni beberlo. Y sin permiso…

Acabo de leer que pueden controlar tu cámara de ordenador por control remoto, aunque tú no la tengas activada, y verlo todo; así que he colocado un posit delante de la mía. Pero me queda la duda: ¿podrán leer a través del papel…? Incluso más: ¿podrán hacerle describir un ángulo imposible para ver a través de la puerta entreabierta…? Por si acaso, he dejado entornada la puerta de mi estudio…


jueves, 2 de junio de 2016

EN AUTOBÚS A VALDILECHA, EL “VALLE ESCOGIDO” DE MADRID

Cuando mi amiga me habló de que se había mudado a Valdilecha (Val Dilectam), pregunté: Y eso, ¿dónde está…?

Me sonaban Arganda, Campo Real (por sus aceitunas), pero Valdilecha… Pues solo está a 40 kilómetros de Madrid capital. El autobús 313 en Conde de Casal tiene dos paradas en el pueblo de alrededor de 3.000 habitantes: una, al principio de la calle Alcalá -que lo atraviesa-, y otra, al final. Tarda algo más de una hora y lo hay cada 60 minutos, desde Madrid, y hacia Madrid.


El primer día, domingo, salí a pasear a las 7.30 de la mañana. Empecé por la calle principal, Alcalá. Pasé ante el Shiva Center (el centro deportivo de Valdilecha, con pilates, pole dance, brazilian jiu jitsu…), Bodegas Orusco (elaboración de crianzas desde 1896) y la cooperativa vinícola de San Isidro (elaboración y degustación de vinos jóvenes. Venta directa de vino y aceite); la panadería-pastelería Hermanos Cristóbal hoy ha abierto sobre las 7.45, pero en días laborables abre a las 7 de la mañana, más o menos.


Llego hasta la fábrica de muebles Pedro Alcaraz y La Ochava, que lo es todo: restaurante, pensión, hotel, asador… Tiene una cabeza de toro disecada en la pared (en Valdilecha hay plaza de toros, El Rejal).

Voy hasta el final del pueblo, compro unos churros en la camioneta (“hoy es el último día”) y un bizcocho anisado en la pastelería y me vuelvo a casa a desayunar. Constato que muchas casas tienen los cortinones antimoscas y me fijo en los diferentes modelos de estampado: rayas, animales, utensilios caseros…


Lunes, 7 horas

Hoy mi intención es hacer la Ruta del Pinar, que he visto en la web del municipio.


Subo primero a la ermita de la Virgen de la Oliva, patrona del pueblo (cómo no, si el campo está lleno de olivos…). Del siglo XVIII, tiene contrafuertes redondos y parece una fortaleza. Un banquito permite asomarse al interior a quienes no llegan al ventanuco. Un poco más arriba, la ermita de San José, más moderna.

En el campo, las manchas de amapolas, entreveradas de hierba viborera o malvas, me vuelven loca…


Bajando, llego a la plaza del Ayuntamiento, que no está en la calle principal, sino en el interior. Muchos portales lucen una placa de la virgen de la Oliva como la virgen del Carmen está en los barrios marineros. En el escudo, una rama de olivo, lo que me parece una portada de la Feria de Sevilla, y algo que no sé interpretar o con qué identificar.


Al dar la vuelta a la cercana iglesia de San Martín Obispo, de estilo gótico mudéjar, identifico el segundo elemento del escudo: es una de las ventanas. ¿Pero el elemento que está abajo…?

Tras este recorrido somero del pueblo, a las 9.15 h inicio la “ruta del pinar” (2´5 km). Bajo la calle Cañada hasta el pabellón deportivo cultural y el lavadero público de Valdilecha -restaurado en 2006. Leo que la tabla de lavar se llamaba “banca” y que, una vez lavada, echaban la ropa sobre las junqueras (aquí, en el norte, se decía “echarlo al verde”, la hierba. Por lo visto, algo había en ella que blanqueaba las sábanas…).


Sigo…, hasta que me salgo del pueblo (veo la plaza de toros desde la carretera y la panorámica de vides y olivos) y he de volver atrás. Pregunto y cojo ahora un camino de asfalto – paralelo al lavadero y al parque forestal- que pasa ante la plaza de toros. ¿Va a ser todo el rato carretera…? ¡Pues vaya una ruta…!

Voy junto a un arroyuelo y paso ante una zona de descanso con bancos y distintos elementos para hacer ejercicio.


Detrás de mí, camina con bastón –jadeando, pero sin desmayo-, un vecino del pueblo, Antonio Benito, de 83 años. Va a hacer su ruta diaria hasta la piscina “donde hay un mirador muy bonito”. Me dice que para “el circuito” hay que salirse del asfalto y coger un camino de gravilla a la derecha en dirección al pinar. ¡Ah! Menos mal.

Encuentro el primer cartel: “Circuito deportivo Los Pinos”. Recorrido: 1700 m”. ¿Pues no eran 3´5 km…? La discrepancia no me preocupa. Al fin veo carteles. Hasta ahora no había encontrado ninguno; y eso que en el PDF del Ayuntamiento ponía: “ruta perfectamente señalizada”... “Es que los arrancan todos”- me había aclarado Antonio.


Me encanta la asertividad de los carteles: “Empieza usted a recorrer 1.700 m. Suerte”. Así da gusto.

En el siguiente cartel me sugieren parar para hacer un ejercicio varias veces: “Adultos, 10 veces. Niños, 5”. Consiste en doblarse por la cintura a un lado y a otro. Lo hago (mirando en derredor a ver si me ve alguien…). Ya solo me quedan 1.550 m… En los 1.250 m. hago el ejercicio 2 (poner los brazos en cruz y levantarlos a la altura de la cabeza, 12 veces).

Luego, llego a una bifurcación: el circuito sigue por la derecha, subiendo (si me hubiera traído mis dos bastones…), pero también hay otro sendero apetecible de frente. Una chica con un perro, me lo aclara: el camino de frente es uno más largo, también muy bonito. Lo sigo durante un rato y, cuando llego a otra bifurcación, decido volverme y reintegrarme al “circuito”, que ya ensaya su vuelta hacia el pueblo.


Ahí, a los 900 metros,  encuentro el ejercicio 3, doblarse por la cintura y tocarse los pies 8 veces. Los dos siguientes, hacer flexiones tumbada en el suelo, 8 veces,  y hacer abdominales, 6 veces, ya no los hago.

Abajo me encuentro con una pareja y me explican que en la última bifurcación que dejé atrás, el camino más estrecho era el camino “de la cárcava”, y el de la izquierda, el del “barranco”. Este último era para ir y volver por el mismo camino (los neófitos) porque podríamos perdernos. El señor me ofrece acompañarle, pero estoy un poco cansada y prefiero ver el mirador de la piscina y volver al pueblo por ahí.


En el mirador, un buen lugar para hacer interpretación de paisaje,  toda una cartelería con la fauna existente en la ruta: perdices, palomas torcaces, liebres, ardillas (vi una cruzando el sendero), y la flora (pino carrasco, olivo y vid). Todo muy didáctico.

El camino de vuelta va entre campos de cultivo y huerto. Salgo al Camino de los Hornillos -frente a un bar-,  que era donde tenía que haber empezado. Las vallas de obra y el cartel casi invisible me impidieron verlo cuando bajaba por la calle Calzada. “¡Vamos! ¡Que hay que producir…!” – le dice el dueño del bar a un operario que se apoya en una valla.


Por la tarde, en el paseo vespertino vuelvo a encontrar a Antonio sentado con otros paisanos en un banco de  la plaza del Ayuntamiento. Aprovecho para preguntarles por el tercer elemento del escudo de Valdilecha: “Pues ¡el arroyo…!”. ¡Ah! Enigma solucionado.



SABER MÁS. Pueblos de los alrededores

https://es.wikipedia.org/wiki/Olmeda_de_las_Fuentes. Olmeda de las Fuentes, el pueblo de los pintores. A 50 km de Madrid.



https://www.youtube.com/watch?v=8EUZkT39aYY. Olmeda de los fuentes, antes, de las cebollas.




jueves, 26 de mayo de 2016

A PUERTO LÁPICE (CIUDA REAL) SIGLOS DESPUÉS DE DON QUIJOTE

Viernes, 20 mayo 2016

Madrid, 6.30 h. ¡Qué gusto el fresquito de la mañana…!

No sé si de la alergia, el aire acondicionado, o la sequedad, esta noche se me ha deshidratado la garganta que me cuesta hasta tragar.

Madrid, a estas horas, apenas tiene tráfico: al menos, en la calle Áncora.

Casi cojo el autobús al revés, y como la calle es de solo un sentido, decido seguirlo en dirección contraria hacia Méndez Álvaro y la estación Sur. He preguntado a medio Madrid: “Siga hasta el final de la calle y luego todo para abajo”. Ya. Pero ¿hasta dónde…?.

Veo a dos arrastrando maletas, así que deduzco que la estación debe estar cerca. Los gorriones están escandalosos.


Delante de las oficinas de Repsol, descampado con ailantos y mechones de hierbas con amapolas y viborera. Una señora que también va a la estación me dice que antes había ahí naves industriales.

La estación Sur, en comparación con la que yo conocí en Palos de la Frontera, es un “monstruo” y nosotros parecemos hormiguitas sin cabeza corriendo de un lado para otro. Busco la caseta de Información para preguntar dónde está la taquilla de mi autobús entre tanta inmensidad. “Samar, la 45”.

…Al final, no me ha sobrado mucho tiempo, cinco minutos. Los asientos son pegados unos a otros, estrechos-estrechos. Es el autobús que va a Jaén, pero no vamos muchos, “ni medio coche”- dice uno.

A las 7.30 h, la entrada a Madrid por Méndez Álvaro está colapsada. El cielo, todo despejado y azul. Los dos carriles de salida también van bastante llenos, pero el tráfico es fluido hasta cementos Villaverde.

Leo “Getafe” en un puente de cemento, tallado a buril. “Jaén, 321[km]”. Buffff.

Se suceden naves y urbanizaciones a los lados de la autopista. Genistas florecidas en los ribazos.

A las 7.50 h se me seca el boli. ¡Damn! Mira que siempre llevo más de uno y podía haber traído el de la libreta del Thyssen, pero pensé que no era necesario. Así que, apunto breves notas con la punta del boli seco, apretando mucho para que quede la “muesca”.

Veo las desviaciones a Toledo y Aranjuez, ITV Ocaña; a las 8.15 h,  cartel que indica “Puerto Lápice-Bailén-Córdoba”; luego, Puerto Lápice 64 (km), Restaurante Venta El Molino…A las 8.30 h el firme de la carretera es malo. Primera parada en Tembleque, “la puerta de La Mancha”. Cerca, Turleque, nombre que no había oído nunca. La segunda parada es en Madridejos. La tercera, la mía: Puerto Lápice, primer pueblo de Ciudad Real (los otros pertenecían a Toledo). Solo me bajo yo. Lo primero, comprar un boli…

Puerto Lápice, “un lugar muy pasajero…”


Me llama la atención una cola ante una furgoneta que pone “Churrería Muñoz”. La estanquera me lo aclarará luego: “Aquí no tenemos churrería y la furgoneta solo viene los viernes, así que si quieres churros…”. Me recomienda ir a la venta de don Quijote y a los 3 molinos que se ven detrás del pueblo, en una colina: “Las vistas merecen la pena”. Compro el bolígrafo y tres postales de los únicos modelos que tiene. Como ahora todo el mundo manda fotos y comentarios por wásap, ya nadie escribe postales. Pero yo sí…


La venta de don Quijote está al voltear una esquina (frente a la iglesia parroquial Nuestra Señora del Buen Consejo). Encalada en blanco, con las puertas y ventanas pintadas de azul. Entro a tomarme un café y una “flor de azúcar” (3 euros) que nunca había probado antes (masa frita muy fina, en forma de flor, espolvoreada con canela y azúcar, crujiente y nada grasienta). El café es “potente”, fuerte, pero está rico. Aprovecho para ir al baño. Luego, echo un ojo a la tienda de suvenirs (“puedes probar los vinos en el bar, si luego quieres llevarte alguno…”). “Cuando termine la visita del pueblo; no quiero ir cargada con peso…”. 

En cuanto abre el “museo”, tres salas con recreaciones, láminas y manuscritos, me acerco a verlo antes de que lleguen las “hordas” de turistas. El aparcamiento, generoso, al otro lado de la venta, me indica que caben muuuchos autobuses.

Después, como siempre, decido llegarme hasta el final del pueblo por la calle principal, Cervantes, por el lado de la sombra. Son las 10 h: acaban de dar las campanadas en la iglesia.

En la farmacia (botica del Licenciado R. Muñoz Royán), a donde voy a por unas pastillas de chupar para la garganta, una señora me dice que el olivo allí está ahora en plena floración…En cada casa, unos cortinones de tela, o flecos, para que entre el fresco, pero no las moscas, supongo…


A la salida del pueblo, hacia Villarta de San Juan, un camino paralelo a la carretera enmarcado por acacias jóvenes “Ruta de don Quijote. Uso preferente no motorizado…”. Tiene bancos de cuando en cuando, e incluso farolas, pero no me animo. Hace ya una solana…

A las 10.30 h me sobrepasa el primer autobús de turistas, pintado en colores chillones. Han hecho una entrada directa, con paso de cebra incluido, desde el aparcamiento de autobuses a la venta de don Quijote (para que no tengan pérdida y no les atropellen cuando sean “manadas”…).

Al volver por la misma calle Cervantes, dejando atrás la calle Las Labores, que circunvala el pueblo, paro en la ermita de San José, una pequeña capilla con un abrevadero y un pozo. Al otro lado de la calle, frente  a la ermita, rosas. Es algo que siempre me admira en estos lugares de Castilla, en mitad de un secarral, en la tierra desnuda: rosas frescas y vivas.


Hoy es día de mercado. En Puerto Lápice (alrededor de mil habitantes) hay mucha gente mayor. Me cruzo con varias mujeres que llevan el “andador-silla” y una que lleva la muleta en el carrito de la compra. De camino, una señora con ganas de hablar, me confiesa: “Esta es la comunidad más entrampada…”. También me informa de que para subir a los molinos del cerro, “antes se subía por un camino más directo, pero ahora nos han dicho que es particular…”. Si quiero ir, tengo que llegar hasta la gasolinera a la entrada del pueblo.

Echo un vistazo al mercadillo y me compro un puñado de albaricoques. En otros puestos, que me ofrecen viandas, digo que después, al final de la mañana, porque aún tengo que andar mucho y no quiero llevar demasiado peso a la espalda. Todo el mundo me habla como si tuviera coche, o hubiera venido en coche, como si la única manera de viajar fuera en automóvil particular. Se da por hecho. Pero yo he venido en autobús (otras veces voy en tren) y me desplazo andando por los alrededores, no trasportando  mi vehículo de cien en cien metros...

Paso de nuevo por la plaza mayor (con forma de corral de comedias), y ahora me paro ante el cartel. Así me entero de que el nombre de Puerto Lápice es por la piedra “lapícea” que hay por los alrededores. En el siglo XV se llamó “Las ventas de Puerto Lápice”, porque entonces era un lugar de paso donde paraban los comerciantes y feriantes que iban  de camino a Murcia. Sobre los edificios, explica que la plaza mayor tiene soportes de madera, pintados de almagre [óxido rojo de hierro que se emplea en pinturas] y que las casas tienen paredes enjabelgadas, encintadas de añil.


Junto a la plaza, alrededor de una noria, unos bancos de azulejos con frases del Quijote: “Autores hay que dicen que la primera aventura…fue la de Puerto Lápice”,  “Siguieron el camino del Puerto Lápice porque allí decía Don Quijote…era posible… hallarse muchas aventuras por ser lugar muy pasajero”,  “Otros dicen que la de los molinos de viento”,…

Hacia los molinos…aunque sean las 12 del mediodía

Siguiendo las indicaciones de la señora parlanchina, voy en dirección contraria a la que me trajo el autobús, hacia la gasolinera de la entrada. Es una tirada, pero estoy decidida a contemplar las vistas desde el cerro.


Antes de llegar a la gasolinera, me meto por un camino nuevo -entre eucaliptos lacios y ¿moreras…?-, y descubro el “puente romano de Puerto Lápice”, reconstruido, un puente de un ojo de 2´20 m. de luz. Estaba en el camino de Consuegra (Consabura) sobre el arroyo de Valdehierro, en el camino histórico de Madrid a Andalucía, que a su vez seguía el trazado de la calzada romana “Vía 30 del Itinerario de Antonino”, que unía Alhambra con Toledo pasando por Consuegra.

Pregunto a un señor en un tractor que trabaja en un campo de vides cuánto me llevará subir a los molinos (a las dos menos cinco tengo el autobús de vuelta a Madrid). Me dice que en un cuarto de hora lo tengo hecho (no sabe que, con lo que me paro yo, tardo más del doble…). El campo bulle de vida (malvas, amapolas…) en mitad del aire caliente. La cuneta me huele a anises.


Tenía que haberme traído los bastones para la última parte del recorrido, más pindia. En la subida, dejando atrás una franja de olivos, me encuentro con jaras pringosas, tojos pinchudos, hipérico y gamón, que siempre me recuerda al huso con el que se pinchó la Bella Durmiente (al final del tallo tiene como un capullo de algodón).

Y sí, merece la pena subir. Desde lo alto, veo el paisaje en mosaico. La tierra rojiza y los distintos tonos de verde hacen una combinación perfecta. Solo el polvo en suspensión de una cantera, al fondo, enturbia un poco las vistas.


Al bajar, me encuentro con el hombre que cavaba en el campo de vides, que ha venido en bicicleta: “Otra vez, venga en San Isidro, para la romería en la ermita”- me recomienda.

Reflexiones para/sobre don Quijote

Supongo, don Alonso, que usted no tendría problemas de alergia. Seguro que no era alérgico y seguro que el calor de la armadura en julio le hizo amojamarse más y perder cualquier gramo de grasa o agua que pudieran quedarle. Yo misma, me estoy amojamando por momentos, como si fuera jamón curado al aire de la sierra…

Si yo hubiera sido usted, habría salido a cabalgar en mayo (en vez de en julio). Así hubiera visto todo el despliegue floral y pajaril…


SABER MÁS




jueves, 12 de mayo de 2016

DIARIO DE UNA VIAJERA EN AUTOBÚS (11). SELAYA

Martes, 10 de mayo de 2016

Hoy decido ir al final de trayecto del autobús que el otro día cogí hasta Villacarriedo: Selaya.

18º C a las 8.18 h. El primer autobús del día sale a las 8.30 h.

Tres paisanos esperan con sus bolsas frente a la dársena 12 a Selaya por Sarón. Uno lleva plantitas de huerta, con su cepellón, en una caja. Se les suma una joven que conozco del día que estuve en Villacarriedo (no pasaremos de 12 pasajer@s en el momento de más pasaje). El billete me cuesta 2´70 euros (ida) con la tarjeta transporte.

Hay atasco en la glorieta de Valdecilla Sur. “Algo ha pasado…Está la policía…”. Han impactado un coche y una moto y la moto está tirada en el pavimento, pero todos parecen estar bien y de pie.

Más tarde, nos detiene un camión que no acaba de entrar en Frigoríficos Ortiz. En Maliaño, como en el autobús voy más alta, me doy cuenta de que la casa de “los dorados”, que fotografié el otro día, tiene dos estatuas egipcias a la puerta de entrada, también doradas…

En el autobús hace calor (no llevamos puesto el aire acondicionado). “Agustín, ¿qué pasa con las cortinas:..? No hay…”- le dicen al conductor.

Pasamos ante los “faros en tierra”, que me encantan, y dejamos atrás también el puente de piedra de Solía. En Villaescusa han hecho rotondas “a esgalla”.

El conductor es un chico joven que conduce rápido y frena brusco (yo soy de conducción más sostenida y sosegada…). En la carretera advierten de que este es un tramo con ciclistas y hay que respetar la distancia de 1´5 m al adelantarlos.

El eslavo sentado a mi lado se apea en Sarón: lleva un ordenador y una bolsa grande de viaje. El señor de las plantas se baja en Santa María de Cayón. La chica joven, por lo que comentan, trabaja en la hípica antes de llegar a Villacarriedo.


Las praderías lucen magníficas a la luz mortecina de las nubes de sur. ¡Qué diferencia el día de hoy de cuando vine a principios de marzo!: 6º C  a las cuatro y media de la tarde y un frío que pelaba…

A las 9.38 h continúan los 18 grados de Santander. Nada más apearme, veo una pintada contra el fracking. Aquí, en Cantabria, nadie lo quiere. Lo igualan al cáncer…


Como siempre, voy hasta el final del pueblo  por el extremo más lejano. Huele  a leña frente al palacio de Donadío. Han vuelto a florecer las camelias – enloquecidas con este tiempo- con el viento sur. La temperatura es suave y agradable.


Llego hasta el río Pisueña y la desviación a San Roque de Riomiera, a 18 kilómetros (Villacarriedo está solo a kilómetro y medio), y me vuelvo.

En Casa El Macho (sobaos y quesadas), compro la quesada más pequeña (de 600 gramos, envasada al vacío) para que me quepa en la mochila y no me pese mucho, y un sobao (todo por 7´20 euros).

Tras tomar un delicioso café (1´10 euros), con galletita, cortesía de la casa, en el bar El Macho, cojo el camino que rodea el palacio de Donadío hasta el barrio El Riviro. Frente al palacio, por el lateral, un horror arquitectónico…

Selaya, a mi parecer, ha crecido un poco desordenado: junto a casas de dos alturas, en hilera, otras que las sobrepasan y acogotan. ¡La escala, la escala- que decía aquel…


De vez en cuando, algunas portaladas y escudos me dejan sin aliento.

A las diez y media empieza a apretar el calor, así que me dejo llevar por los caminos…, pero por los de sombra (Cada vez llevo peor el calor. Siempre digo que -si llego- me voy a jubilar en Suecia…).

El centro cultural Casona del Patriarca, de 2006, donde también está la biblioteca municipal Ricardo León, es un lugar “regio”. Según el panel informativo, la casona perteneció – en el siglo XVII- a José Arce Rebollar, “Patriarca de las Indias”, de ahí su nombre.


Voy a la sombra de las tapias que, al menos, tienen dos metros de altura. Cada vez que veo (en el palacio de Miera), y huelo, glicinias, me recuerdan a las de la escuela de Solvay, que se entrelazaban entre los barrotes de la verja de cierre. 


Muy cerca, el restaurante-albergue Valvanuz ofrece un menú por 9´90 euros.

La brisa se ha transformado en viento, pero yo casi lo agradezco. Poco a poco se van acumulando nubes en el horizonte: llevan la tripa un poco negra, de lluvia. El aire empieza a notarse más frío y húmedo. “Igual, a la tarde…”- me dice un paisano.

Como me queda un poco de tiempo hasta la llegada del autobús a las 11.45 h, decido ir a Villacarriedo andando. (Si hubiera dispuesto de algo más, me hubiera acercado al Santuario de Valvanuz, a 2´5 km, y al Museo de Amas de Cría Pasiegas...).

En la desviación a Tezanos, dejo el cartel de “Quesería artesana La jarradilla”. Luego, en el kilómetro 26, me sorprende una casa hipermoderna en acero corten y, sobre un asubiadero (dedicado a “Nuestra Señora de Valvanuz”) una calavera como la los barcos piratas. Frente a éste, ya en la linde Villacarriedo/Selaya, una ristra de casas a medio construir, producto de la crisis.


En la parada del autobús charlo con un paisano sobre los alimentos de antes y de ahora, las calefacciones y las ropas.

Me he ahorrado 5 céntimos en el billete, gracias al kilómetro que he desandado (2´65 euros). A las 12.50 h se nubla definitivamente. En los campos, siegan  y recogen la primera hierba de la primavera ???

El autobús lleva ahora el aire acondicionado (que odio porque, en el pasado, me ha dejado sorda y afónica). Me pongo el forro polar por encima y me ato con un nudo en la cabeza el pañuelo multiusos para taparme las orejas.

Las nubes vienen corriendo hacia Santander como los 4 jinetes del Apocalipsis…



viernes, 6 de mayo de 2016

DIARIO DE UNA VIAJERA EN AUTOBÚS (10). COLINDRES

Miércoles, 4 de mayo de 2016

Siempre que pasaba por Colindres, pensaba: tiene que haber una parte vieja. Hoy, decido ir a descubrirla…

El primer autobús del día sale a las 9.15 de la estación de autobuses de Santander, con destino final Laredo.

15 º C a las 9 h. Menos mal que llevo puesta crema protección 50…

El billete me sale por 3´40 euros, ida, con tarjeta transporte (en vez de 4 €, que he leído por internet).

Hoy me duele la ingle izquierda. ¿Tendré una hernia…? Pero no quiero dejarlo para otro día, por si llueve. Cada semana, el primer día bueno que sale, ese es el día perfecto para mi excursión de medio día en autobús.

Con las prisas, me he olvidado mi cartera de plástico con el abanico, la podadera y otros “aditamentos”. Ya sentía yo como que me faltaba un bulto...

Llego a la parada de Colindres sobre las 10 h y camino hacia el Ayuntamiento, al final de la plaza. En un lateral, leo que es de 1909.


Decido dejarme llevar por los caminos y tiro por la calle de Puerta. A la izquierda, la Policía Local está instalada en Casa Serafina junto a la Casa de Cultura, otra finca impresionante.

Dejo a la derecha una subida a “Residencial Camino del Gurugú”, que me parece muy empinada y, tras pasar bajo un puente en la autovía, tomo por el Camino de la Merced, a la derecha. En la distancia, distingo una iglesia junto a un grupo de casas que quizá sean la parte vieja…Pero hoy hay que buscar la sombra, que hace mucho calor.


La carretera continúa por un sendero de grava, paralelo a la autovía; pero hay una desviación, en cemento, a la izquierda, hacia la iglesia, que baja, y decido ir por ahí y alejarme del ruido de los vehículos. Sopla una brisa muy agradable, que se agradece.

Veo una zarza enorme cayendo hacia la calle, pero no puedo cortarla porque se me ha olvidado la podadera. ¡Qué rabia…! En la cuneta descubro aristoloquia blanca y una ¿buglosa…? No estoy segura mientras busco en mi libro de plantas silvestres.

Al llegar a otra intersección, decido subir por el camino de cemento rayado en vez de dirigirme hacia unos chalés coloreados a la derecha.

En una finca, veo una plantación de habas inmensa. Ahora distingo mejor una especie de torre comida por la vegetación. Al darle la vuelta, un cartel abombado de la “Ruta de Carlos V” me informa de que es el Palacio del Condestable (del siglo XIV), el Camarero Mayor del Rey, de la Casa de Velasco. Hoy solo sirve como nido y descansadero a los pájaros.


La iglesia, a mi derecha, es una “señora” iglesia, enorme, de piedra. De lejos, me recuerda, no sé por qué, al monasterio de Yuso…

Los campos están llenos de vinagrera y cerrajas. Dejando atrás el palacio, entro en un paseo de plátanos. Y empiezan las casas con escudos magníficos. En la casa-torre de los Agüero, del siglo XV, veo una muerte pequeñita con su guadaña. Al lado, un abrevadero de piedra con ombligo de Venus en sus muros.


La iglesia parroquial es del siglo XVI y está dedicada a San Juan Bautista. Como me he dejado los papelillos en casa, estoy sin referencias.


Tras dar la vuelta a la iglesia, una cosa que siempre me gusta hacer, me llama la atención una tapia con contrafuertes muy originales, como pináculos, en una subida. Leo en una placa que en la casa nació, en 1726, el historiador José Pérez García, que escribió la primera Historia General de Chile. La casa está hecha una pena, pero tiene detalles llenos de encanto.


Ya de regreso, antes del Palacio del Condestable, veo una desviación a mi derecha, donde pone: Subida Los Piñares, Fuente Santolaja. Empiezo a subir. Son las 11 y 20 y solo se oyen pájaros y, muy en sordina, el tráfico de la autovía. Parece que estoy fuera del mundo, en un espacio bucólico. A media ladera, me paro: es demasiado para mí hoy y hace mucho calor. Así que contemplo el paisaje una vez más, y me bajo. Junto al palacio, me siento en un banco a comerme una manzana (Cuando llegué, a las 10, no pude aguantar y me comí el sanwich de tortilla de atún con mayonesa. Había desayunado a las 6 y ya se me daba la vuelta el estómago…). La manzana está bien jugosa y refrescante.

Luego, ya “restaurada”, sigo de frente, en vez de volver por el mismo camino de cemento rayado, y paso ante el Palacio Gil de la Redonda, superarreglado, del siglo XVII (no leo bien el año, 1626? ¿1696?...).

Así llego a la casa Hoyo, Alvarado y Valle, donde nació Pedro del Hoyo, Secretario real y Corregidor de Laredo, del siglo XVI. Hoy es una posada que acoge peregrinos.


De repente, me entra prisa por coger el autobús de las 12.05 (el siguiente es a las 13.30 h) y vuelvo a toda prisa a la marquesina frente al Ayuntamiento. Antes, me tomo un café en el bar “Esmeralda” y aprovecho para ir al baño. El propietario me informa de que, pasando la iglesia, hay un camino precioso a Seña. “En tres horas, te lo haces”. Le digo que ya será otro día, pero que me ha encantado la campiña y la parte vieja de Colindres.

Aún sale a la parada de autobús, para recomendarme otros dos caminos preciosos: ¿a la ermita de San Roque…?, y circunvalando Liendo hasta Laredo, si no le he entendido mal. Me los apunto para una próxima vez…

¡Qué maravilla es que ya no me duela el talón…! Para mí, andar es vivir…