lunes, 9 de abril de 2018

UN ÚTERO MIOMATOSO


Eso ponía en el diagnóstico para la operación. “Ahora tiene ese apellido, pero lo puede tener peor ”-me insinuó el médico de cabecera, a quien no entendí al principio.

Como me habían dicho que lo tenía muy grande y con muchos miomas, algunos también grandes, yo pensaba que mi útero pesaba kilos y que, al quitármelo, rebajaría unos cuantos de mi volumetría. Pero al leerlo en internet, todas mis esperanzas se vinieron abajo: “un útero normal mide entre 6 y 9 centímetros de longitud y pesa entre 70 y 100 gramos”. Como el relleno de un bocadillo. ¡Pues vaya...!

A medida que se acercaba el día, toda mi obsesión era mantener las rutinas de mi actividad diaria, para no pensar (era la primera vez que pisaría un quirófano en 47 años): media hora de piscina, para tener los músculos lo más fuertes posible, previendo los días de descanso forzoso; la compra, las comidas, mis series favoritas, los trabajos de investigación…

“Lo que tenga que ser, será”, me repito a mí misma para darme confianza. Solo quiero estar segura de que es mi ginecóloga la que me opera, con mi historial y no el de otro. Me espeluznan esos errores médicos de “se iba a operar de un ojo y le operaron del otro”, del sano,  o, peor: “se iba a operar de un ojo y salió sin una pierna”...

Otra obsesión que tengo en mente es reanudar pronto, sin prisa pero sin pausa, la vida diaria tras la operación. Poder ducharme cuanto antes, -estoy mortificada con “los malos olores” y sentirme guarra-,  volver a la piscina y retomar el trabajo, mis viajes y desplazamientos.

“En un tiempo no podrás coger pesos ni llevar pesos” -me advierten. “Si lo haces, la recuperación será más larga”. Solo espero que no me pongan, como a mi madre, un saco de garbanzos “en la panza”, que dirían en una telenovela. Debe de ser para que no se desplacen los menudillos que te quedan por ahí dentro tras quitar el útero...

Bueno, al menos he dejado mi casa más o menos ordenada; registré mi documento de voluntades previas -por lo que pudiera pasar-, y hace años que redacté un testamento básico.

La fecha de la operación no se la he dicho a casi nadie, aparte de mi familia. Me horrorizan esas tertulias en los hospitales, con enfermo doliente de por medio, y la gente yendo de merienda  o a pasar la tarde a la habitación de un recién operado, ignorando sus necesidades fisiológicas y de intimidad, o dando por hecho que está encantado de recibir visitas de tres o cuatro horas.

Tengo que echar un último vistazo al listado de cosas que me quiero llevar para mi estancia de una semana, mínimo: un antifaz para las interrupciones intempestivas; un abanico, no soporto el calor de los hospitales; colonias y cremas olorosas varias; una radio para oír música, algún libro de bolsillo ameno…Y un bastón.

DESPUÉS DE LA OPERACIÓN

Antes de darme el alta, la ginecóloga me leyó a toda prisa el informe sobre el análisis de mi útero. Siempre me he preguntado por qué -para los simples mortales- no ponen el diagnóstico en cristiano, aunque sea entre paréntesis. Como los nombres de los pájaros… Este era una sucesión de latinajos y términos técnicos del que solo conseguí sacar en claro “hiperplasia en el endometrio”. “Ya lo miraré en internet cuando llegue a casa” -pensé para mí.

Al hacerlo, entendí lo del apellido del médico de cabecera. La hiperplasia podría ser precursora, en el futuro, de cáncer endometrial. Pero yo me lo he quitado justo a tiempo. Aproveché también para mirar imágenes de úteros miomatosos. En internet se puede encontrar de todo. La verdad es que los dibujos eran bastante denterosos. En cuanto al peso, mi útero, con todos sus habitantes, casi alcanzaba un kilo, así que nada de 100 gramos. Como tener un niño prematuro de 950 gramos.

Al sexto día después de quitarme las 17 grapas, se me empezaron a rizar los puntos de papel que me había puesto la enfermera antes de abandonar el hospital. En internet, en un blog de madres de hijos con brechas, hablaban de cuatro o cinco días, y yo ya empezaba a desesperar. Lo mejor fue que al preguntar a la ginecóloga si estos se caían solos o tenía que hacer algo, ella me preguntó: “¿Pero qué puntos de papel…?”. Así que mañana, después de la ducha, que estarán más blanditos, me los arranco.

Me hubiera gustado que me dieran las recomendaciones por escrito, como hace la Junta de Andalucía, pero, en su defecto, me las he sacado… de internet. Pones “Recomendaciones después de una histerectomía”, y todo el mundo te da consejos y te cuenta su experiencia. Es fantástico.

-       “Se desaconseja el encamamiento prolongado por riesgo de trombosis”.

Y porque si no te da un dolor de espalda que te mueres -añado yo.

Los médicos te ponen una sonrisa sardónica cuando les dices que has buscado esto o lo otro por internet. Como si creyéramos al oráculo en vez de a ellos, pero a mí, lo cierto es que internet me ha despejado dudas, me ha aclarado cosas, ha relativizado mis miedos…Y a veces me ha dado más comprensión y apoyo que los profesionales en persona.

Lo único que no he conseguido encontrar es “Cuándo salir a la calle”, así que lo he hecho cuando me lo ha pedido el cuerpo. Eso sí, muy despacito para que los pasos no me retumbaran en la tripa. En el hospital, no me había atrevido a salir de la habitación, más que nada porque mi hermana me decía que la gente, en vez de ventilar abriendo la ventana de su cuarto, abría la puerta del pasillo y todas sus miasmas iban a parar a los lugares comunes. Y yo no quería irme a casa con algo que no tenía…

TRES SEMANAS DESPUÉS

Tengo un punto interno que es como si al coser hubieran cogido dos telas a la vez.

Ya he dejado de sangrar.

Me pica y tengo desescamada la piel de la tripa, donde estuvo el esparadrapo del principio, a pesar de la crema y del aceite de rosa mosqueta.

En uno de los puntos externos hay un bultito, como un quiste. Espero que no me tengan que volver a operar por eso...

Aunque de la operación no tengo recuerdo, sí lo tengo de la sonda que me pusieron tres horas antes  “porque a las 3 cambia el turno y bla, bla, bla…”. O sea, por facilidad suya, que no mía.

También recuerdo a una enfermera joven y bruta que casi me explota la vena de la vía porque para limpiar el conducto obstruido, metió suero con todas sus fuerzas.

O cuando me quitaron el drenaje que, menos mal que me dijeron el truco de coger aire por la boca y, mientras lo pensaba, sacó el conducto a toda prisa, porque la sensación es bastante desagradable: es como si un látigo pasara entre varias gelatinas moviéndolas como un colchón de agua y, a la vez, una fricción que produce calor como cuando te tiras por una cuerda con las manos sin guantes. En fin, que no quiero volver a pasarlo. Y luego, ¡podían dejar el drenaje del lado opuesto a la puerta por donde entran las visitas!,  porque ver una botella de plástico llena de sangre no es la imagen más agradable cuando vienen a verte. Es como si fuera un vampirito…

[Relato escrito en 2009]




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