lunes, 9 de abril de 2018

UN ÚTERO MIOMATOSO


Eso ponía en el diagnóstico para la operación. “Ahora tiene ese apellido, pero lo puede tener peor”- me insinuó el médico de cabecera, a quien no entendí al principio.

Como me habían dicho que lo tenía muy grande y con muchos miomas, algunos también grandes, yo pensaba que mi útero pesaba kilos y que, al quitármelo, rebajaría unos cuantos de mi volumetría. Pero al leerlo en internet, todas mis esperanzas se vinieron abajo: “un útero normal mide entre 6 y 9 centímetros de longitud y pesa entre 70 y 100 gramos”. Como el relleno de un bocadillo. ¡Pues vaya!

A medida que se acercaba el día, toda mi obsesión era mantener las rutinas de mi actividad diaria, para no pensar (era la primera vez que pisaría un quirófano en 37 años): media hora de piscina, para tener los músculos lo más fuertes posible, previendo los días de descanso forzoso; la compra, las comidas, mis series favoritas, los trabajos de investigación…

“Lo que tenga que ser, será”, me repito a mí misma para darme confianza. Solo quiero estar segura de que es mi ginecóloga la que me opera, con mi historial y no el de otro. Me espeluznan esos errores médicos de “se iba a operar de un ojo y le operaron del otro”, del sano,  o, peor: “se iba a operar de un ojo y salió sin una pierna”.

Otra obsesión que tengo en mente es reanudar pronto, sin prisa pero sin pausa, la vida diaria tras la operación. Poder ducharme cuanto antes, -estoy mortificada con “los malos olores” y sentirme guarra-,  volver a la piscina y retomar el trabajo, mis viajes y desplazamientos.

“En un tiempo no podrás coger pesos ni llevar pesos” -me advierten. “Si lo haces, la recuperación será más larga”. Solo espero que no me pongan, como a mi madre, un saco de garbanzos “en la panza”, que dirían en una telenovela. Debe de ser para que no se desplacen los menudillos que te quedan por ahí dentro tras quitar el útero.

Bueno, al menos he dejado mi casa más o menos ordenada; registré mi documento de voluntades previas -por lo que pudiera pasar- y hace años que redacté un testamento básico.

La fecha de la operación no se la he dicho a casi nadie, a parte de mi familia. Me horrorizan esas tertulias en los hospitales, con enfermo doliente de por medio, y la gente yendo de merienda  o a pasar la tarde a la habitación de un recién operado, ignorando sus necesidades fisiológicas y de intimidad, o dando por hecho que está encantado de recibir visitas de tres o cuatro horas.

Tengo que echar un último vistazo al listado de cosas que me quiero llevar para mi estancia de una semana, mínimo: un antifaz para las interrupciones intempestivas; un abanico, no soporto el calor de los hospitales; colonias y cremas olorosas varias; una radio para oír música, algún libro de bolsillo ameno…Y un bastón.

[Relato escrito en 2009].

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