viernes, 25 de diciembre de 2015

DIARIO DE UNA VIAJERA EN AUTOBÚS (7). DE SARÓN A OBREGÓN

Salgo de casa tarareando (no me la puedo sacar de la cabeza) una canción portuguesa, Ai Margarida, de Camané, que me encanta. https://www.youtube.com/watch?v=6SiCdSwHysc.

En mi “excursión” semanal, este es el único momento en que acepto -incluso con alegría- salir de casa de noche (aunque cuando empiezo a andar, siempre hay  ya luz del día).
15 º C a las 7.42 h. ¡Buena temperatura!

Esta vez sí que he leído en la wikipedia sobre el lugar, Sarón. Al parecer, proviene del apodo de su “fundador”, Juan Antonio de Saro y Galván a quien, por su corpulencia, apodaban “Sarón”. Hacia 1870/1876 construyó una venta, “La venta del cruce”, primer edificio de los que vendrían (farmacia, panadería…) y conformarían la localidad, a tono con el nuevo Plan de Carreteras de 1856.


DÍA 7. Miércoles, 23 de diciembre de 2015

Hoy sí que salimos a las 8 y 10 (el autobús llega a las 8 y 5). El billete hasta Sarón me cuesta 1´65 euros, con tarjeta.

“Ay, qué cachondeo llevo…- dice Julián, que va sentado detrás de mí. Hay que ser un poco feliz…”. Hasta el día 4 tiene vacaciones.

El tema de hoy: la lotería…y el fútbol. El conductor no es Miguel, pero igualmente bromea, y embroma, a los habituales. “¿Me has traído mi centollo…?”. La gente está alegre. Hoy les dan las vacaciones.

Me encantan los “faros en tierra” de las glorietas en Guarnizo.


A las 8.45 h estoy en la plaza de la estación, en Sarón, ya de día. Los niños esperan el autobús escolar para la última jornada de clase, algunos disfrazados.

En el centro de Sarón, hay un tráfico…Me tomo un café y un sobao (2 euros) en el bar Avenida, en el cruce (¿ocupará el lugar de la antigua venta de “Sarón”…? Desde luego, es una casa bajita y no parece de ahora, como el resto). Aprovecho para preguntar por la Vía Verde. Me indican la salida del pueblo y luego una desviación al llegar a Sobarzo…, pero son demasiados datos (y demasiadas voces), que no retengo. Haré lo que pueda…



Delante del mercado de 1929, veo la señalización de carreteras (2´5 km a Obregón), y por ahí tiro. En la panadería Acebo compro una corbata embolsada y unos chicles. “1 euro”. “¿Solo…?”. “A la corbata, te invito yo”- me dice la panadera. ¿Se habrá pensado que soy una peregrina…?

Voy por la acera de la carretera general hacia la salida del pueblo. Al inicio del puente (debajo, la autovía), una pantalla amarilla a todo lo largo. Debe ser una pantalla acústica, antirruido. Tras pasar el puente, estoy en Sobarzo, calle Morriones. 

La CA-142 a Obregón y Parque la Naturaleza de Cabárceno tiene un tráfico de mil demonios. Dejo atrás el mesón La Rioja y su menú de 8 euros y la panadería Saiper. Al rato, se acaba la acera, y me toca arcén. La Vía Verde aquí se ha desvirtuado del todo.

“Velocidad controlada por radar. Prohibido ir a más de 90”. Menos mal, porque van y vienen a toda flecha. Me encanta: Bicicletas (¿o será el dibujo de una motocicleta…?), recomendado ir a 60 kilómetros por hora (¿puede ir tan rápido una bici…? ¿iría yo así de rápido de tener una…?) y, en 5 kilómetros, puedes encontrarte ciervos cruzando la carretera. ¡Estupendo! En fin, que mientras no hagan una variante, mejor ahorrarse este tramo, porque te juegas el tipo. Ando lo más cerca posible del quitamiedos, pero ¡ ni por esas! se me quita el miedo…


A la izquierda veo una desviación sin señalizar, junto a una casa amarilla y el número 15 de la calle Morriones. ¿Será esta la que me decían los del bar…? Distingo a un paseante mañanero más arriba, que lleva un rato delante de mí, y decido seguirle. En dirección a Peña Cabarga, al menos, el camino va…

La paisana de la casa amarilla me dice  que tengo la desviación más adelante, por la carretera general, pero que por aquí salgo al mismo sitio. Y yo prefiero evadirme del tráfico. Al menos, se oyen pajaricos y, por momentos, me parece estar en una égloga de Garcilaso o en una novela pastoril. Una cabra (¿o será un cabrón…?) me mira con fijeza. Espero que no me moche…Tiene amarradas las patas…

Veo frente a mí la nave de los Hermanos Borbolla, azulejos y grifería, y, tras el breve asueto, vuelvo a salir a la carretera general. En la bajada, una invasión de vincapervinca (que florece entre abril y mayo). El tiempo está, sí, loco, loco, loco…

Por el cruce junto a una marquesina de bus y un cartel que pone Sobarzo y Cabárceno, veo salir una bici. Debe ser la desviación que me decía la paisana de la casa amarilla. En la casa granate, un letrero, en azul y blanco, con el nombre de “Sobarzo”. De frente, en la carretera general, un letrero advierte de que el tramo  es frecuentado por ciclistas, pero ni por esas. Lo dicho: peatones y ciclistas somos “el último mono” -que diría Manolito Gafotas.



Son las 10 y solo he hecho un kilómetro desde Sarón. A pesar de la temperatura, hay mucha humedad en el ambiente. Ya no es la sequedad del sur de días anteriores. Me pongo el gorro de lana antes de que se me caigan las orejas.

Paso un puente sobre un río colmatado de vegetación frente a la calle El Dueso (atrás, antes del puente, he dejado un camino a la izquierda, de gravilla…). Los cuervos campan a sus anchas por los prados.


Empieza una subida pronunciada y me apoyo un ratito en el quitamiedos donde señala a “La Yerbita”. Veo bajar una bici, así que supongo que voy bien. Oigo al chatarrero por la carretera que rodea la montaña, más arriba, paralela a la mía. En un árbol, distingo garcillas bueyeras. ¿Habrán venido desde sus posaderos en el zoo de Santillana…?

Llegando a Sobarzo, conviven las casas de pueblo, a mi izquierda, con los adosados, tras una escollera, a mi derecha. En el bar Gandarillas me explican que “su tramo” (de la Vía Verde) no está hecho todavía, y me mandan para abajo. Decido coger, de bajada, la carretera por la que ha salido el chatarrero, junto a la marquesina (calle Cutiro). Así veo un paisaje diferente.

No sé si, en el futuro, pensarán hacer la Vía Verde por aquí, pero ya han empezado a cargarse árboles de uno de los lados de la carretera, donde conviven robles y encinas. Hemos “encarreterado” el campo: continuamente me topo con desviaciones alquitranadas.
Un estornino, en una chimenea, trata de aclarar su voz, sin éxito, para que le salga más melodiosa. A las 11 estoy de nuevo cerca de la casa granate con el letrero de Sobarzo en fondo azul.

La Vía, según me ha dicho el chico del bar Gandarillas, va por una pista de gravilla antes del puente (la había visto, a mi izquierda, cuando cogí la desviación de la carretera general, pero pensé que esa no era. No hay ninguna indicación).


De momento, va paralela a la carretera general, a su derecha. Espero que por aquí no pasen coches porque si no me van a dejar blanca de polvo. Se ven huellas de tractor y de bicicleta de montaña. Un corredor en mallas me adelanta dejando una nubecilla de polvo.

Si la señalización que he visto hasta ahora es válida, me quedan 1´5 kilómetros hasta Obregón y tengo dos horas hasta que pase el bus sobre la 1. Decido comerme mi tortilla de atún (dejando casi todo el pan) mientras contemplo a unas vacas rubias pastando junto a garcillas bueyeras.

Por fin, en una intersección de caminos, veo un cartel de carril-bici (era una bici, no una motocicleta el dibujo que vi en la carretera general). Van paralelos un camino de tierra junto a otro de alquitrán y decido coger por el primero, que es más blando (incluso voy por el centro donde quedan unos mechones de hierba. Ya me duelen las plantas de los pies).


Por la carretera general veo bicis que se arriesgan. Yo, no tendría dudas: por aquí, en paz y armonía. Igual no saben del camino…Al rato, se me acaba el “momio” y el camino confluye en la pista de macadán. Unos pivotes indican que no pueden pasar vehículos (más que nada, porque no caben).


Tras dejar el carril bici enmarcado por una empalizada, salgo a la carretera junto a un paseo de adoquines rojos con bancos de hierro. Estoy en El pino. Al fondo, a la derecha, me parece divisar la marquesina en la que acabé la vez que venía por la Vía Verde desde Astillero. Efectivamente: ahí están el restaurante El Moderno  y la taberna Mary. Fin de jornada, y de vía. Son las 11.50 horas. Decido callejear un poco antes de sentarme a esperar al bus en la terraza del Mary, lo único abierto. Huele a leña, lo que me recuerda que estamos en diciembre, pese a estos días de sur.

A las 12 y 20, mientras saboreo un té con limón y consulto mi libro de plantas, oigo pitar a un bus. Salgo escopetada hacia la marquesina. “Pero yo pensaba que pasaba a la 1…”. “Soy otro…”. “Pues lo cojo. ¿Puede esperar a que recoja mi mochila…?”. El billete de vuelta me cuesta 1´40 euros.


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