miércoles, 8 de enero de 2014

DIARIO DE DOS PINTORAS EN CIERNES. I TRIMESTRE

En enero de 2013, la lectura de las conversaciones del crítico (de arte) Martin Gayford con (el pintor) David Hockney, me reconciliaron con la pintura.


Hockney decía, entre otras muchas cosas interesantes, que “los rudimentos del dibujo siempre se pueden enseñar”. No añadía “incluso al zote más grande del mundo mundial”. Pero yo enseguida me sentí incluida en esa afirmación tajante. Además, añadía que “aprendiendo a dibujar se aprende a mirar”. Y yo, ¿para qué quería más…?. Ya no se me ocurría sobre qué escribir mi siguiente diario de octubre a octubre. Incluso para eso era un aliciente. Ahora tengo tema, material -de sobra- y seguro que unos cuantos bises cómicos.

Empiezo…

Mi primer, y definitivo, fracaso pictórico sucedió a los 6 años. Cuando nos portábamos bien, o hacía buen tiempo, la maestra nos sacaba fuera de la clase a dibujar. Mis dibujos eran todos bastante chuchurríos. A día de hoy, solo salvo, más por lo sentimental que por su valor estético, uno sobre las fiestas de mayo: es un tíovivo (siempre me han encantado); aparecen gigantes y cabezudos (incluso hoy me da miedo el pensar que me golpeen con esas vejigas de piel de cerdo. De pequeña, era terror. Y eso que nunca me pegaron…). Y un cura con sombrero hongo. Vaya usted a saber por qué…


El peor dibujo, en mi recuerdo, y por el que abandoné -no diré “una prometedora carrera”; eso es falso-, era una copia de una lámina de unos flamencos (que parecen cualquier cosa) descoyuntados y torsionados. La puntuación en dibujo al final del trimestre fue un baldón: solo un 7 entre muchos dieces. No sé si eso tendría su impacto psicológico pero, sumado a mi incapacidad para ver cosas en el espacio -lo que creo se llama “perspectiva espacial” -convirtió, más adelante, las clases –obligatorias- de dibujo “técnico”, en una tortura. El profesor decía: “Proyecten estos puntos…”. Y yo me quedaba mirándolos -bloqueada, en shock- como el día que, en física, nos pusieron un problema de espejos  (normales, cóncavos y convexos). ¿Para qué quería yo saber eso, vamos a ver…? ¿A mí qué me importaba?

Nunca se me ocurrió pensar en pintar o en recibir clases de pintura…hasta Hockney. Así que le debo toda mi gratitud (aunque él nunca lo sepa. A Enrique, que me lo recomendó, también).

Antecedentes

Revisando mis dibujos desde Párvulos, veo, sobre todo, castillos y princesas; paisajes de casas (estas, con la chimenea caída y, las escaleras, sin perspectiva) y montañas; motivos religiosos (el Domund, la Navidad, confesonarios, el portal de Belén…).


Recuerdo que, a las chicas, siempre las pintaba con faldas y mangas largas porque no sabía dibujarles ni piernas ni brazos.

Inspirándome: John Berger, El cuaderno de Bento

El pintor John Berger (Londres, 1926), premio Booker de Literatura en 1972, publica en 2012 “El cuaderno [de sketches] de Bento” sobre el cuaderno de notas perdido del filósofo Baruch Spinoza (1632-1677), conocido como Bento.


Está lleno de reflexiones como: “Cuando uno se pone a dibujar, pierde el sentido del tiempo”, “Dibujar es corregir”, “Dibujamos para acompañar a algo invisible hacia su destino insondable”, “El óleo es el que mejor se mezcla”, “Mirar acerca”, “Las líneas de un signo son uniformes y regulares; las líneas de un dibujo son tensas, acosadas”, “El dibujo es un ejercicio de orientación”, “Dibujar es una forma de indagar”.

27 de septiembre de 2013. “En capilla”

El miércoles que viene, 2 de octubre de 2013, a las 9.45 h, empiezo mi clase de dibujo. Pero hoy ya no me he podido resistir; he preguntado qué necesitaba y, nerviosa, como un niño el primer día de cole, he ido a comprarme el material:  un bloc de dibujo, una goma para carboncillo, un sacapuntas y tres tipos de lápices, HB, 3B y 6B. Ahora ya lo tengo todo.


X 2 de octubre de 2013. Primer día de clase. Un diario a dos manos

Por primera vez, este diario se va a escribir a dos manos, como Borges y Bioy Casares, pero en este caso, con Paloma y yo misma como anfitrionas.

Hoy llegué pronto: el primer día de cualquier cosa siempre estoy un poco atacada.

Iba preguntando a quienes entraban si era “su primera vez” o ya sabían algo. Lo cierto es que algún@s llevaban dibujando varios años y otr@s  ya pintaban y venían a aprender dibujo, “que es lo primero”. Yo, ni pinto ni dibujo.

Paloma llegó al rato, sudando la gota gorda por venir andando a toda prisa desde casa. Tuvo que ponerse un pañuelo de papel en el escote.


A los nuevos, Sonia, la profesora, nos pone frente a las narices un bodegón de frutas de plástico para que lo centremos en nuestros cuadernos de dibujo.

El bodegón se compone de: un racimo de uvas verdes, un pimiento rojo, una naranja, una manzana bicolor, un tomate y tres peritas unidas por el rabito.

Nuestro primer ejercicio es, sin apretar mucho el lápiz HB, situar las frutas en el cuaderno en su forma geométrica más parecida; básicamente, círculos, rectángulos y triángulos.

Paloma y yo vamos a directo pero vemos que otros miden con el lápiz y realizan una cruz en el centro de su cuaderno para “centrar”.

“Haciéndolo más grande se notan más los errores, pero es más fácil”- nos confiesa una veterana.

Sonia nos aporta un truco: coger el lápiz por arriba para tener más juego de muñeca.

Cuando hemos hecho lo que hemos podido, viene el segundo paso: hay que pintar las sombras. Pero yo no veo ninguna. Lo que sí veo, son los puntos de luz como pequeños círculos blancos, pero ¡a saber cómo se pinta eso…!

“Hay que aprender a mirar”- nos dice Sonia.


Paloma, DÍA 1

El día anterior me había preparado el bolso con los materiales necesarios: cuaderno de dibujo, lápiz, goma y sacapuntas; recordando los siempre emocionantes comienzos de curso de mi infancia. No estoy segura de que esto me guste pero, ¿por qué no intentarlo…?

Cuando llego al local de UNATE, la profe, amablemente, me dirige al aula. Allí, me encuentro con Aída sentada con aspecto de niña aplicada. Ya ha desplegado sus materiales dispuesta a empezar. Somos cuatro nuevas en clase. Bueno, lo que se dice nuevas, neófitas, solo somos Aída y yo porque las otras ya poseen alguna experiencia en esto del dibujo o la pintura. El señor que se sienta a su lado, nos enseña orgulloso las copias que ha hecho de unas láminas que ha sacado de Internet. ¡Son exactas a la muestra! Su dominio de la técnica me llama a preguntarle el por qué de su asistencia a clase. “Es para disciplinarme” contesta. Y yo medito si no encontraría mayor disciplina en el ejército.

La profesora extiende frutas y verduras de plástico para que las copiemos. Debemos comenzar centrándolas en la hoja convirtiéndolas en figuras geométricas: círculos, cuadrados, triángulos y rectángulos. Yo tengo que borrar varias veces porque tiendo al miniaturismo. Todo en mí es pequeño: los relatos, los dibujos…, a mi imagen y semejanza. Aída tiene que inventar otra fruta para rellenar un hueco descentrado.

Luego, esas figuras deben convertirse en sus objetos de referencia. Las peras no me han salido mal pero me he vuelto loca haciendo uvas que, para no ser borradas, la profe sugiere sean de esas pequeñas que llamamos de Albillo.

No sé que están haciendo los avanzados porque no me levanto de mi asiento, ensimismada en mi tarea.

El miércoles próximo tenemos que dibujarles unas sombras que todavía no somos capaces de ver. Creo que me voy a eternizar con la de mis numerosas uvas.


Me hago dos reflexiones: ¿Cómo quedarían las sombras en los objetos si la tierra girara alrededor de dos soles?

¿Por qué es más importante ser artista que artesano? ¿Por qué prima la imaginación sobre la técnica, la genialidad sobre el virtuosismo, la individualidad sobre el colectivo?

Pienso en Marta, quizá deberíamos tener una charla sobre todo esto.

L 7 octubre. LIDIANDO CON LA TROCANTERITIS

El jueves tuve lo que llaman “un brote” de la trocanteritis rediviva que no desaparece, y el sábado, tras la segunda noche sin dormir  por el dolor y por no encontrar posición, - ni en horizontal, ni en vertical, ni decúbito supino- pedí un taxi y me fui a urgencias a Valdecilla (antes había llamado para preguntar a dónde iba en un caso así, y en sábado).


La verdad es que se me salían las lágrimas y me pasaron enseguida con un doctor. Tras las preguntas de ritual y una palpación constatatoria, y dolorosa, me pusieron una inyección de nolotil -que apenas noté- y me mandaron a casa con más recetas de nolotil y otro analgésico que debía ir entreverándose con éste (como, al parecer, producía náuseas, también me añadieron un antináuseas).

Yo, que tengo un estómago muy delicado, de princesa del guisante, me lo compré todo, pero decidí empezar por el nolotil y, si el dolor iba cediendo, no pasar al “vomitante”.

Gracias a Dios, y a que apenas tomo medicaciones, la píldora cada 8 horas fue haciendo efecto y el lunes ya solo cojeaba un poco y podía ponerme un calcetín o la playera sin ayuda. Como el estómago lo tengo un poco “fané y descangallao” he reducido la toma, si no hay dolor, solo a la noche, para poder dormir un poco. No se pueden cumplir los 50…

Miércoles, 9 de octubre. Sombra aquí, sombra allá…

Hoy hemos seguido pintando sombras “que no veíamos”. Paloma confiesa que ve más las luces que las sombras. Lo cierto es que es difícil entre la luz natural y la de los fluorescentes que crea flashazos sobre nuestras frutas de plástico.

Mientras la profesora viene de la otra clase, empezamos a hacer sombras a nuestro albur y Paloma, inmisericorde, me dice que parece que mis peras tienen “flequillo”.

Sonia nos explica que, para las sombras, todo es a base de la (distinta) presión del lápiz. Más oscuro en los bordes y más claro a medida que el lápiz se aproxima a la zona luminosa. “Si no, parecen pecas”. Y yo que pensaba dibujar primero las “pecas” y luego hacer las sombras a su alrededor…

Una veterana nos aporta el truco del día: “Donde coinciden las frutas, píntalo más oscuro”.

En las uvas, que son pequeñas, más o menos me apaño (incluso decido colocar las luces a mi gusto), pero una manzana o un tomate es como si fuera todo un planeta. ¿Y cómo doy las sombras a todo esto? Me salen unos rayajos…Pero también tiene su técnica: Hay que pintar las sombras en redondo y en pequeño. Para prácticas en casa, Sonia nos sugiere que pintemos una raya o un redondel y, con la presión del lápiz, vayamos degradándolo de lo oscuro a lo claro (o viceversa, supongo).

La veterana nos sopla que ella divide en tres bandas el objeto: no se pasa directamente de la sombra a la luz sino que hay una zona intermedia (con una presión intermedia, del lápiz).

Paloma, queriendo ayudar, me ha puesto la goma de borrar delante para que me imagine que es el sol y ver por dónde llega la luz. Pero ni por esas. Encima, la goma que nos vendieron el otro día, es normal, no para carboncillo. La apropiada es una especie de plastilina azul y blanda, parecida a la goma que se pone para pegar posters a la pared sin cello. Goma “maleable”, pone en el envoltorio cuando la compro.

Paloma dice que va a trabajar en casa durante la semana, pero yo creo que voy a esperar a ver si el próximo ejercicio de bocetar “en diez minutos” personas u objetos se me da mejor. He de encontrar mi “nicho” antes de que me desespere demasiado…

Miércoles, 16 de octubre. Pintura rápida

Hoy lo he pasado muy bien. Se conoce que, debido a mi impaciencia – o a mi falta de pericia- disfruto más cambiando de actividad – y de modelos- más a menudo.

A Paloma y a mí, al principio, nos sudaban los dedos del estrés de las “sombras”.

-       Tu naranja parece “armada caballera”- me dice Paloma, a quien no convence la trama que le he dado a mi piel de naranja.

-       La raya no se ve. Lo que se ve es la sombra…- nos ilumina Sonia.

Al final, el de Paloma ha quedado como un bodegón “tenebrista”, y el mío- que abandono sin terminar- como “luminista”: le da la luz casi total y cenital.


Demando a Sonia cuándo empezamos el ejercicio que nos prometió la semana pasada: bocetos rápidos.

Nos pone una bata blanca -de las de clase- sobre un caballete, arreglándola para que haga pliegues y “torceduras”. Ella nos hace una demostración, y claro, queda magistral. Lo que es saber. A una de mis peras, le dio un par de “lapiceradas” en la base, y la pera se salió del grupo y casi se transforma en una pera de verdad entre las mías, más planas que en el  arte románico.

Las “aprendizas” hicimos lo que pudimos: entre carcajadas, se oía: “el tuyo te ha quedado como un abrigo de visón”. “Pues anda, que el tuyo parece la gabardina de Colombo…”.


La profesora nos había adelantado que cada uno tenemos nuestro estilo, y que este se revela, especialmente, en los bocetos rápidos. “Yo, por ejemplo, soy barroca…”.

Yo, no sé lo que soy, pero me gusta coger el lápiz de manera diferente “para el juego de muñeca” y, dejarte llevar.

Los bocetos se hacen con el lápiz más blando de los que tenemos. Ahora me entero que la H al final del amarillo significa, en inglés, “hard”, esto es, “duro”. La “B” es blando (“bland”???). Sonia nos recomienda mirar en internet los apuntes de dibujos de Picasso y Klimt.

Cuando termino, y porque la profesora no puede estar todo el rato con nosotras, (somos muchos, de distintos niveles y técnicas, cada uno de su padre y de su madre, y cada cual requiere su tiempo) me dispongo a hacer otro boceto rápido, en este caso, de Paloma, que es a quien tengo más a mano. Me queda una cara un poco adelgazada, pero creo que el pelo me ha salido bastante bien. Paloma y Carmen me pintan a mí, y también percibo un ligero parecido. Para ser la primera vez, no está tan mal…

Paloma, DÍA 2

Llego a clase detrás de la profe cuando pasan unos minutos del inicio, sofocada por la pequeña caminata. Llevo pintadas de casa las sombras de mis frutas uva a uva. Tengo ganas de perderlas de vista, pero Sonia, la profe, me dice que los objetos no tienen rebordes, solo sombras, y tengo que volver a repasar y sombrear. Menos mal que enseguida, para regocijo de Aída, nos manda dibujar con trazos rápidos una bata que cuelga frente a nosotros.

A mí todo me sale pequeño. Aída dice que debería pintar en un grano de arroz como los chinos. Después de la bata –que no nos sale muy mal- nos dedicamos a dibujarnos unas a otras. Yo hago un retrato minimal de la cabeza de Aída como si fuese un jíbaro.


Luego cotilleo el dibujo de un señor que está copiando la cara del Joker. Veo que hace mediciones en la lámina y le pregunto cómo hace para copiar del natural. Me enseña a medir con el lápiz, guiñando un ojo, el objeto o el sujeto a dibujar, pero me confiesa que él solo copia de las láminas. “Es más fácil” –observa.

Yo pienso para mí que no me interesa esa artesanía; prefiero poner mi mirada particular en algo realmente existente. ¡Sin saber hacer ni un pimiento y ya quiero ser artista!

Miércoles, 23 de octubre. “Primero, encajáis…”.

-     Hoy vamos a seguir con apuntes de personas, pero rotando- nos dijo Sonia al empezar la clase.

-       - Primero, lo encajáis…

-      -  Y eso, ¿qué es...?

-   - Comenzáis por hacer formas simples, como el primer día [ya sabemos: círculos, rectángulos…]. Lo importante es que quede proporcionado y la forma general.

Yo le digo que nos dé algún truco…

-       La cabeza es 6 o 7 veces el cuerpo.

Menos mal. Porque de Paloma solo me ha cabido hasta el principio de la pierna y me ha quedado como un cabezudo.

Procedo, pues,  a medir con el lápiz e intentar trasladar la medida al papel, unas veces con más fortuna que otras. Voy eligiendo a mis “víctimas” de entre el alumnado de clase.


Paloma me elige como modelo. “Te he hecho bigote”- me aclara. ¡Horror! No sabía que tenía que ir a depilarme los pelos de Fu Manchú. Toda mi preocupación es que me dijeran si estaba con la espalda bien recta, para no salir con chepa en sus bosquejos.

Sonia nos propone que alternemos la copia del natural con la de unas láminas que se encuentran en la clase de informática. Yo elijo una portada de una modelo semidesnuda, que es lo primero que me entra por el ojillo, y Paloma decide hacer una Venus, aunque tiene sus dudas, que se confirman un poco más tarde:

-       - En vez de la Venus de Milo, parece un gladiador….

La verdad es que le ha quedado un poco fuerte, como con pectorales de anabolizantes.

Yo no he tenido mejor suerte, aunque recibo algunos elogios: hasta la cadera, puede pasar, pero esas piernas no podrían sostenerse por sí solas. Parecen que han pasado una polio.

De todas formas, del día de hoy, me llevo a casa una afirmación de la profe:
-“Si el apunte es bueno, se puede acabar en casa”.

Paloma, DÍA 3

Me pregunta Aída si tengo alguna historia o dibujo de cuando era niña, para incluir en este trabajo a dos, y me doy cuenta de que no soy nada conservadurista, (tampoco conservadora) y que, salvo que aparezca algún “tesoro” en casa de mi madre, la memoria histórica de mi infancia no está documentada. Pero sí me he acordado de una anécdota trivial de aquella época de mis 9 o 10 años.

Supongo que el dibujo artístico (no así el lineal, materia de muchas pesadillas) no se me daba muy mal, cuando pinté con ceras un payaso que estuvo expuesto en clase. El tal payaso se le antojó a la profesora que impartía gimnasia y formación del espíritu nacional (qué tiempos), y me pidió otro para ella. Ese interés me causó dos emociones contradictorias: por un lado, el legítimo orgullo por el reconocimiento de mi “obra”, y por otro, una gran pereza y desgana ante la obligación de pintar de nuevo el mismo tema.

Había también en mi actitud algo de resistencia a la autoridad y un pequeño rechazo al colaboracionismo que representaba trabajar para “el enemigo”. Esperé que se le pasara el capricho e hice caso omiso de su interés, pero todo fue en vano. De vez en cuando me recordaba la promesa incumplida y, entre su insistencia y la de mi madre, no tuve más remedio que pintarle otro payaso. Ni qué decir tiene que quedó mucho peor que el original.

Viernes, 25 de octubre. Remoloneando

Como no tengo ninguna gana de hacer lo que tengo que hacer: aligerar de libros y papeles el suelo de mi casa, encuentro en todo momento tareas más gratificantes que van retrasando la hora.

Primero es pintar las rayas entre las baldosas del baño y de la cocina. El otro día, cuando fui a buscar pintura amarilla para repintar, el año que viene, las flechas casi borradas del Camino de Santiago, me di de bruces con unos rotuladores que servían para pintar permanentemente lo que antes se hacía trabajosamente con el “baldosinín”. Me pareció una idea brillante y compré de todos los colores: rojo y verde para la cocina, naranja y azul para el baño. Siempre quise tener una casa llena de color. Cuando compré el piso, allá por 1996, soñaba las paredes de cada habitación en un tono diferente.

Ahora, en cuanto tengo un rato libre o, cuando no quiero hacer lo que debo hacer, como ahora, pinto unas cuantas rayas entre los azulejos del suelo o  de la pared.


Segundo: escanear documentos varios que se me han ido quedando traspapelados por ahí.

Tercero: poner lavadoras. Incluso con una manta enorme de algodón que aún no he lavado nunca y está bastante “sobada”. Cualquier cosa, antes de ponerme a hacer  “lo que hay que hacer”.

Al final, me doy cuenta de que tirar, tirar, apenas he tirado nada. Otras tareas se me han ido cruzando por el camino y me han hecho olvidar la idea original.

¡Qué le vamos a hacer! Otro día será…

X 30 de octubre. Sigh! Suspiro, como Carlitos

Paloma puede hablar mientras dibuja. Yo, no. Pierdo la concentración y aún se me desfiguran más las líneas. Al menos esas dos cosas no puedo hacerlas a la vez.

Hoy la profesora ha venido con un cuévano relleno de objetos variopintos: castañas arrugadas de la temporada pasada, caracolillos, conchas, una tetera, una especie de tornillo gigante…Nos los ha dispuesto frente a los ojos y ¡hala!, ¡a copiar!

-       - Pero hacedlos más grandes en vuestro cuaderno, no  quiero miniaturas.

¡Encima! ¡Más difícil todavía! Porque si es complicado pintar un caracol marino de un centímetro, con todas sus rayas, hacerlo diez veces mayor ¡ya es la leche!

Mi caracol parece un culo, como el tomate el primer día. ¡Hija, debes tener fijación! - me dice Paloma. Luego, me parece una teta o el caparazón de una mariquita, pero nunca una caracola.

El de Paloma parece la pezuña de un percebe. Por si fuera poco con uno, quería copiar dos caracoles y una concha. ¡Pues allá ella! Yo voy a dejarlo solitario en mitad de la plana.

Lo de medir con el lápiz algo tan mínimo ya me parece de chiste. Me siento muy desgraciada y deprimida. ¿Y qué es esa excrecencia que le sale por la izquierda? – me pregunta Paloma. Pues la sombra - contesto yo. Aunque más parece tinta china derramada.

Acertar con las sombras no es nada fácil: el tapete que han puesto sobre las mesas es una especie de Andy Warhol pop en rojo y negro que me marea si fijo mucho la vista. Y entre la luz de los fluorescentes y la de la calle, me parece que luces y sombras vienen de todas partes.

Mientras viene Sonia a ver nuestros desastres, decido pintar a mi compañera de enfrente. Aunque me ha quedado con proporciones un poco  del Greco (igual tengo su misma deficiencia visual, ¡y genial…!) me reconcilio un poco con el dibujo. Luego, decido abandonar mi caracol fallido e iniciar la copia de la tetera que, al ser más grande, no me cuesta tanto trasladar al papel.


La de Paloma parece el castillo de Carcasonne; le ha quedado un poco cubista, o expresionista. El pitorrito de mi tetera se asemeja a un cañón de Liérganes pero, en conjunto, me devuelve la alegría, como el calmante vitaminado. Se ve que la paciencia no es lo mío.

X 6 de noviembre. La paciencia no es lo mío. Al menos, pintando

Me he traído del desván de Torrelavega un libro de un “método integral de formación artística, de 1972, donde he encontrado algo interesante (se lo tengo que decir a Paloma): por ejemplo, hablando de las proporciones de la figura humana, dice que “la altura de un hombre es de unas 7 cabezas”. Pero aclara que, en dibujo, es conveniente hacer figuras de 8 cabezas porque queda “más estético” y la figura resulta “más elegante”. Entendido.

En cuanto a las proporciones de la cara, también hay reglas: “las cejas tienen que estar a la misma altura que la parte superior de las orejas” y “la altura de la nariz debe ser igual a la distancia entre la boca y el mentón”.

A partir de ahora me van a quedar unos rostros ¡de cine!

El fin de semana estuve practicando la pintura rápida de figuras tomando como modelos a los miembros de mi familia.

Pinté a papá viendo la tele, con una pierna sobre una mesita. Solo se le parecía la nariz. A mamá, mientras trajinaba en la cocina. La contextura general no estaba mal. Y a mi hermana en el salón, mientras corregía o preparaba exámenes. Parecía una vieja de 107 años. Y eso que solo tiene 50.

-Hoy vamos a copiar, que dicen que es más fácil- entra diciendo la profesora.

He elegido lo que me ha parecido más sencillo: unas manzanas y unas hojas secas. Como estamos en otoño…

Primero, cuadricular el dibujo. No sé para qué. Luego, las hojas se me han salido de la cuadrícula. Parecen lechugas. Incluso he tenido que desaparecer una hoja que no me cabía…
Sonia nos ha contado que ella lleva casi 30 años pintando, todos los días y muchas horas. ¡Y le gustaba! Paloma y yo, simplemente, ya no tenemos tiempo artístico material. Como no pintemos desde la tumba…

Paloma pinta muy bien las sombras. No tiene miedo a emborronar. Yo, la verdad no sé por dónde empezar. Aunque lea debajo de mi dibujo que hay que hacerlo en la dirección del modelado.

-Pero elige una pieza y ¡céntrate! No saltes de una a otra…- me riñe.

Al final, he llegado a la conclusión de que yo soy de pintura plana, sin sombras, como en el románico. A ver si empezamos pronto con el color. Quizá esto sí sea lo mío…


PALOMA, DÍA 4. REFLEXIONES DE LA COCINA

De nuevo nos hemos reunido todas para comer en casa Aída. Es estupendo ver como nuestra amistad o compañerismo, se va tejiendo poco a poco con las diferentes madejas que aportamos cada una: la sabiamente sensata de Pilar, color amarillo de otoño, la sensible alegría azul de Gina, el radiante entusiasmo dorado de Marta, la calma divertida en tonos verdes de Aída, la seria oscuridad tras la que brilla la luna de Susana…

Entre las ricas ensaladas de la anfitriona, las aportaciones de las invitadas, el vino blanco, y las charlas a dos, a tres a cuatro bocas, discurren nuestros encuentros mensuales. Son fechas que apuntamos con alegría en nuestros calendarios porque sabemos que no van a defraudarnos. Hablamos de nuestros seres queridos, nos recomendamos libros, nos entusiasmamos con nuestras películas favoritas, conocemos las novedades artísticas que nos aporta Marta, nos leemos nuestros escritos…y nos reímos, nos reímos mucho de nosotras mismas. Dicen que la risa es salud, así que nosotras no deberíamos morirnos nunca.

En esta última comida, Marta ha querido conocer los dibujos de Aída. Le han parecido geniales, tanto, que algún día hará una exposición con nuestro arte. Y es que ella, amante del dadaísmo, valora mucho la labor que realizan los locos y los niños. No sé a que categoría pertenecemos Aída y yo. Creo que tenemos un poco de las dos cosas aunque pasemos por dos señoras formales.

X 13 de noviembre. Revisando mis notas

-       “Si no quiero apretar, coger el lápiz más arriba.
-       Empezar a sombrear por arriba a la izquierda, para no “arrastrar” y manchar el dibujo.
-       Dibujar con el lápiz amarillo (H-hard).Sombrear con los Bs (3B, 6B, blandos)…”.

El fin de semana, todos nos dedicamos a pintarnos unos a otros. Yo pinté a Víctor; Carolina pintó a los abuelos; mi hermana Bea pintó a Carolina. Nos reímos, pasamos un buen rato y los sobrinos dejaron de preguntar a qué jugábamos o qué hacíamos. Los resultados…bueno,  eso ya es otro cantar.

Paloma me trajo el otro día una calabaza de su colección que dice que es muy fácil de pintar. Dándole la vuelta, parece un ojo gigante de un insecto muy grande; pero, bien asentada, es como un ojo saltón en relieve con una “nube” en el iris (¿o es la córnea?) donde alguien le dio un mordisco o ha empezado a pudrirse. ¡¡¡¿Y cómo se pinta eso…?!!!

Hoy nos ha tocado dibujar con barras de grafito. Paloma y yo no nos habíamos enterado porque Sonia lo dijo el lunes –que nosotras no vamos-, pero una alumna nos prestó los “lingotes”.

-       Vamos a trabajar la sombra: ni rayas, ni contornos.

Ay, Dios mío, ¿y cómo se come eso…?  Y yo que no veo las sombras…

Pues eso, una M. Los dos primeros dibujos: un parroquiano y la calabaza de marras, parecían -según Paloma- unos signos japoneses muy estilizados. Tan estilizados que ya eran minimalismo puro.

Paloma se puso a pintar su mano y el primer esbozo parecía la de Frankestein, pero luego, fue coger el grafito y ¡como si lo hubiera utilizado toda la vida! Le quedó una mano  con todas sus rayas.

Yo creo que el grafito tampoco es lo mío. A mí lo que me gusta es pintar contornos, a lápiz. Sin sombras ni nada.

Encima, la semana que viene no podré venir a pintura porque estoy en Madrid. Y Paloma me va a adelantar…

Lunes, 18 de noviembre. Líneas imaginarias

Se me ocurrió de repente: si estoy el lunes por la mañana en Santander (a veces, cuando hace bueno, me quedo a tomar los vinos con papá y los tíos en Torrelavega), puedo preguntarle a Sonia, e ir a la clase del lunes por la del miércoles, que no estoy. Dicho y hecho: le envié un correo a Sonia y me dijo que sin problema.

Así que hoy, a la misma hora, las diez menos cuarto, estaba en clase preguntando si “mi sitio” de los miércoles estaba libre o lo ocupaba alguien.

Antes, había indagado en una papelería de la zona si tenían “grafito”. Pero solo tenían “carboncillo”, que no es lo mismo, aunque se le parezca. En vez de lingotes, estos eran una especie de tubos de consistencia más blanda. O eso me pareció.

Carmen había traído de nuevo su libro de teoría “La figura humana a su alcance”, de Clem Robins. Lo empecé a ojear mientras tomaba algunas notas: “grosor y oscuridad”, “planos superiores iluminados, planos inferiores oscuros”. “El cuerpo humano consta de 16 masas”. Y lo que más me gustó: “el contorno es una línea imaginaria”. ¡Pues eso es lo que yo veo: las líneas imaginarias! Igual hasta tengo un don…

Sonia me advirtió contra la credulidad en los libros de texto: “No hay clases magistrales. A dibujar se aprende dibujando”.

Así que…¡a la tarea! Busqué entre los folletos y revistas uno que me motivara y me di de bruces con un vaquero disparando su rifle. Como en las películas del oeste que le gustan a mi padre…

-¿Y no pintas a los de atrás?- me preguntan. Sí, hombre. Como si no tuviera bastante con sacarle el parecido a una sola figura…

La cara me queda un poco más rechoncha que el modelo, pero lo peor son las manos, que parecen muñones. Entre las mangas de  la camisa, las sombras y los pliegues, veo un revoltijo que no sé por dónde cogerlo.

¿Y las sombras…? Estas son mi cruz. A mí me parece que, cuando las añado, guarreo y ensucio el dibujo. Me gusta más solo con “líneas imaginarias”.

El caso es que luego viene Sonia, le hace una rayita aquí, una sombrita allá y, en un momento, parece otra cosa.


Pues así se ha quedado mi vaquero, sin su propia sombra. Y sin sus amigos en la distancia, como otras sombras. Solo, en medio de la hoja en blanco.

¿Sabes que hay 9 tipos de grises…?- me susurra Carmen al final de la clase. Eso ya lo meditaré en otro momento, como Escarlata O´Hara.

PALOMA, JORNADA 5ª: UN DÍA SIN AÍDA

Hoy hace un tiempo de perros pero, aprovechando la tregua que me ha dado la lluvia, he llegado a clase caminando. Éramos pocos y faltaba Aída. Se nota su ausencia porque llena la clase con sus risas y sus comentarios. He buscado en las escasas láminas algo que me inspirara para dibujar y no he encontrado nada realmente sugerente que estuviera dentro mis posibilidades; al final, me he decidido por una acuarela de siluetas caminando bajo la lluvia.

Me he puesto a dibujar como Dios me dio a entender, un poco aburrida. Les he enseñado un apunte que hice en casa, de Fernando sentado en el sillón, que es el vivo retrato de Lenin. 


Sonia me comenta que aparte del parecido inexistente con el modelo, no están bien cogidas las proporciones. Poco a poco. A mi lado, la señora que admira a Vasarely, descontenta con su réplica de dos karatekas, ha borrado todo para hacerlo tranquilamente en su casa, que es donde se inspira mejor- según me comenta.

Sonia está dando los últimos retoques al dibujo del pueblo en tinta china que ha terminado el señor que pinta con tinta china. Le pregunto si lo va a poner en su casa, porque le ha quedado precioso, y me contesta que su casa está llena de los cuadros de su mujer. Debe de ser una artista consagrada o una marimandona; entonces le sugiero que lo regale a algún amigo, porque sería una pena que se quedara olvidado en el bloc.

Sigo con mi tarea y me doy cuenta de que a mí lo que me gusta es hacer cosas rápidas: apuntes en carboncillo o detallucos para acabar pronto. Me aburren los edificios con ventanas en donde es imprescindible sacar el punto de fuga y esas cosas de pintores. Me faltan paciencia y dedicación: es la historia de mi vida. Por eso, me es tan difícil escribir algo que debo dejar aparcado para otro día. Otro día ya no estoy del mismo humor para continuar una historia vieja.

El miércoles que viene le voy a dar envidia a Aída porque tengo un dibujo más que ella y porque, a instancias de Sonia, voy a llevar ceras y pasteles viejos de mi hija para empezar a dar toques de color. No las tengo todas conmigo…

Miércoles, 27 de noviembre. Discos desmaquillantes y pintura con queso

He sacado del congelador la calabaza que me pasó Paloma para pintar. El incipiente “mordisco” se empezaba a transformar en algo mohoso y, al tocarla, se le apreciaban blanduras que no quería que se descompusiesen mientras andaba por los madriles. Creo que va a fenecer en breve.

De Madrid me he traído las Cartas entre Camille Pisarro y su hijo Lucien. Cuenta cosas interesantes…Por ejemplo, asesorándole sobre uno de sus grabados, Camille le aconseja: “En la cabeza es mejor excederse con las sombras que con el blanco”.


Llevo a clase toda la parafernalia de pinturas que he encontrado por casa: ceras, tizas, lápices de colores…Paloma ha traído dos calabazas, una naranja muy bonita que parece un platillo volante y otra llena de verrugas -que no voy a pintar porque me parecen imposibles.

Me enseña el dibujo que le hizo a su marido el otro día y… es verdad, es igualito que Lenin. El dibujo, no su marido. Le ha debido salir el subconsciente. Ella ha traído unos “pasteles” de su hija que tienen más de quince años y se desmenuzan. Para mí, lo peor es que no hay granate y Sonia dice que ella por un lado la ve granate. La parte derecha de la calabaza (la que la profe difumina con el dedo) queda preciosa. La mía ya no está tan “unificada”. Y, además, va sin sombras…


Paloma dice que mi calabaza, por lo pequeño, parece una bellota. Pero no es cierto.

“El pastel es una técnica con mucha luz”- nos explica Sonia. Y nos informa de que el próximo día, si se acuerda, traerá pasteles al óleo que, al parecer, son como las ceras, “pero en bueno”. Mientras no pinte con queso como Pisarro…

Paloma ha decidido dibujar el grupo de las dos calabazas con ceras. Tararea la música de “Gold finger” mientras calienta los dedos como si fuera a tocar el piano. A mí, desde mi lado, una de sus calabazas me parece una medusa, pero la de las verrugas le ha quedado fetén. La cera se difumina con algodón o papel suave. Tengo que buscar por casa los discos desmaquilladores, que -con lo que me maquillo yo- deben de estar caducados hace años.

El viernes vamos a ver al pintor Ricardo Cavada en su estudio, y creo que a una clase práctica. Recuerdo que le hice una entrevista cuando estaba de “becaria” en el diario Alerta allá por los años 80. Entonces me habló de las diferentes capas de pintura que llevaban sus cuadros y supongo que de más cosas, pero se me han olvidado. Fue muy amable con una principianta que seguro le preguntaría cosas muy banales o cien veces repetidas.

PALOMA, DÍA 6. EN EL TALLER DEL PINTOR


Hoy hemos visitado el taller de Ricardo Cavada para recibir una clase magistral. Ricardito, además de ser un pintor consagrado, es una persona generosa y un buen amigo. Cuando entramos en esa nave luminosa y gélida, nos recibe cariñoso y nos muestra las obras que está a punto de terminar. A mí me parece que así están bien, pero nos comenta que, en el diálogo que establece, estarán finalizadas cuando ellas se lo digan. Un poco autoritarias sí que son. La obra, llegado a un punto, se independiza de su creador e impone sus propias normas.

Los colores que mayoritariamente ha utilizado, en sus distintas capas y veladuras, son el rojo, el negro y el gris. A mí, el rojo, me produce cierto desasosiego (supongo que por ser el color de la sangre) y prefiero los cuadros en donde predomina el negro. Imagino que llevamos escrito en nuestro código genético, la sensación que nos evoca cada color y, por eso, nos emocionan o nos disgustan ciertas obras sin que entendamos el porqué.

Luego, para entrar en materia, le enseñamos nuestros blogs de dibujo y aquí comienza nuestra clase teórica acerca de las líneas, la diferencia entre dibujar y sombrear, y  las distintas técnicas. Ahora sabemos que, el trazo único en el dibujo, identifica al maestro. Ricardo, nos muestra, en plan confidencial, cuadernos de su época juvenil antes de comenzar sus estudios artísticos. Yo pienso que, tras practicar y practicar, nosotras -como mucho- finalizaremos donde él empezó.

Monta una mesa con una tabla larga sobre caballetes y nos pone a dibujar. Empezamos con algo muy sencillo: una vasija. No quiere sombras, eso formará parte de clases posteriores; se trata de copiar el original con pocos trazos. Nos enseña cómo coger el lápiz y, lo más importante, a medir estirando el brazo. Para mi sorpresa, la estructura que  parecía enmarcarse en un rectángulo, tras la medición, resulta ser casi cuadrada.

Constatamos cómo algo de apariencia sencilla, resulta complicado de ejecutar. Tenemos las manos torpes y la mirada mal educada. Nos corrige, haciéndonos entender los fallos: las proporciones no son correctas, el óvalo debe ser ovalado (como su nombre indica) no triangular, la base plana no sugiere volumen…Continuamos con la copia de un bote de pintura y, más de lo mismo. Él nos anima: “No está tan mal”, “No pretendáis que os salga a la primera”, “La técnica se acaba aprendiendo”.

Recibimos el último consejo antes de marchar: “Es imprescindible practicar, practicar y practicar” y, para que hagamos deberes, nos regala un bloc de dibujo a cada una. En enero, volvemos.

Lunes, 2 de diciembre. Me gusta pintar personas vivas haciendo cosas

Como el miércoles estaré volando a Roma, he venido el lunes, de nuevo sola, sin Paloma.
Sonia trajo los pasteles al óleo, que son como ceras, pero se puede pintar oscuro sobre claro. Decidí ponerme con otro vaquero (cow-boy), esta vez con una pistola en vez de un rifle, y luego me decanté por un cangrejo de un libro sobre los fondos marinos. Ambos me quedaron de pena. Creo que debo recuperar lo que mi amiga Pili Crespo me decía cuando me enseñaba a pintar con 6 años: tienes que hacerlo en círculos…Suavemente y muy poco a poco.

He estado pensando por qué me da tanto reparo guarrear los dibujos; por qué me quedo bloqueada ante las “líneas imaginarias” y apenas me atrevo a pasar el dedo o el lápiz por el espacio interior. Creo que viene de los lejanos tiempos en que borrar y pasar el dedo con saliva por las letras vacilantes era castigado con un tirón de orejas.


Así que, a pesar de los ánimos de Sonia: ¡hale, experimentad!, permanezco congelada frente al dibujo sin osar meterle mano.

El viernes pasado, en el estudio de Ricardo Cavada, aprendí varias cosas: que hay que empezar por objetos muy sencillos, por lo que somos capaces de resolver (para no deprimirnos, supongo). Que no existen atajos. Y, lo más sorprendente: que el ojo engaña y solo midiendo podemos retratar el objeto en sus justas proporciones.

“Hay que coger mano”. Y para eso, elegir un objeto – que tiene muy pocas líneas- y dibujarlo muchas veces en diferentes posiciones y viéndolo desde distintas alturas y ángulos. Lo mejor, el papel de estraza de toda la vida “En el dibujo, no existe la goma”. Paloma y yo, que nos pasamos el día borrando, nos quedamos trastornadas.

Ricardo dice que, al principio, era como nosotras: que también tuvo que aprender todas esas verdades de Perogrullo, pero yo no me lo creo. Seguro que ya tenía un don.

Hoy, viendo pintar a Sonia, he fijado nuevos axiomas: que entre ojo y ojo, hay otro ojo (como un tercer ojo o un ojo de Polifemo). Que el lacrimal del ojo se corresponde, más o menos, en vertical, con la aleta de la nariz.  Y que, agachada la cabeza, la oreja se sube. Y levantada, la oreja se baja.

Ya sé que parecen cosas del libro de Petete, e igual, observando mucho, con reflexión y análisis, sería capaz de sacarlo yo misma. Pero necesito algunas recetas sencillas, como cuando aprendo algo nuevo en el ordenador. Si alguien no me interpreta un poco lo difícil, pronto me doy por vencida y abandono.

Ricardo tendrá razón cuando dice que hay que empezar por  objetos sencillos que tienen muy pocas líneas,  pero a mí me gusta pintar personas que hacen cosas y no un tarro de mermelada o una tetera…

Miércoles 11 de diciembre. ¿Pero cómo puede pintarse el mar embravecido solo con tiza…?


Fui a ver la exposición de Tacita Dean en la Fundación Botín. Las fotos no me llamaron tanto la atención, pero las pizarras pintadas con tiza…¿Cómo puede hacerse eso y que los demás seamos capaces de verlo tan claro…?

Y luego veo mi cangrejo penoso y se me cae el alma a los pies.

La semana anterior había empezado a pintar con cera las “líneas imaginarias” del contorno, pero iba a quedar muy mal, así que decidí pasarme a los lápices de colores.

Me di cuenta de que las proporciones y las simetrías no eran las adecuadas, pero tenía forma de cangrejo y todo el mundo se daba cuenta de que era un cangrejo. Igual, por las patas…Como mi panoplia de pinturas era limitada -por ejemplo, no tenía gris- utilicé los colores más aproximados (azul).

Paloma dijo que mi cangrejo -en vez de vivo en la foto- ya parecía cocido en agua hirviendo por el rosita que había empleado.


Lo cierto es que, a pesar de algunos errores y descompensaciones, no estaba demasiado mal…hasta que empecé a hacerle las sombras. Parecía que había vomitado -el cangrejo, no yo- tinta de calamar justo enfrente de sus ojos bizcos. Encima, lo había hecho con cera y, a pesar de intentar  suavizarlo con algodón, la cosa ya no tenía arreglo. Así que lo dejé, mejor no “meneallo”, y decidí ponerme con una fotografía de mi hermano cuando era joven.

En este segundo intento, me ocurrió lo que a Paloma con el dibujo, al natural, de su marido: si decía directamente que era Lenin, todo el mundo opinaba que le había salido muy parecido. Pero si contaba que, en realidad, era su marido, entonces era otro cantar.

Mi hermano se parecía…a Carlos de Inglaterra. “Tiene un cierto aire” – intentaba consolarme Paloma. Por supuesto, ni había cuadriculado el papel, ni puesto siquiera una cruz en el centro. Yo, todo a pelo.


Paloma había recogido dos hojas secas del suelo para pintarlas a lápiz y ponerles las sombras. Descubrió que borrando los nervios, estos, paradójicamente, se veían más. Sonia le había dado unos cuantos “cerazos” a su muñeca de lana de la semana anterior. Y esta se había levantado del papel como Lázaro de la tumba. Lo que es saber…

Hoy me he quedado muy desconsolada. Y más cuando doy una vuelta a la mesa y veo los trabajos precisos y minuciosos de otros talleristas: uno incluso pinta con lupa de aumento para poder ver mejor las líneas a tinta china del modelo. Otras hacen en acuarela paisajes con perspectiva y puntos de fuga, casas londinenses con vegetación trepadora…Y hasta un cartel de Toulouse Lautrec en papel gris para destacar los blancos. Estoy rodeada de genios…





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