martes, 9 de abril de 2013

DORITA



Cuando éramos pequeños, siempre nos clavaba una barba al besarnos. Ahora, con más de 80 años, dice que la memoria “se le va a puñaos”.

A Dorita le gusta jugar a la brisca y al bingo con las amigas, sea aquí o en Benidorm. Antes, sufría con las telenovelas todas las tardes, pero ya se ha hartado de sufrir y ha decidido que es más ameno jugar la partida en el club de jubilados.

Dorita trabajó mucho en la tienda cuando aún el teléfono público era de clavija. Y de tanto estar de pie, se le arquearon las piernas como a John Wayne. Pero una de esas operaciones maravillosas se las puso de nuevo rectas y ahora parece  talmente una Marilyn [Monroe].

Cuando íbamos a verla, siempre nos ponía una copita de quina Santa Catalina, que entonces decían que abría el apetito, y claro, nos volvíamos a casa más contentos que unas Pascuas, y mi madre, bolinga del todo.

Un día nos contó que a ella lo que más le gustaba en este mundo era dormir, y que cuando iba a la trastienda a buscar algo, se apoyaba contra una balda y, de pie, echaba un sueñecito... de unos segundos, claro.

Allí, en la bodega, un poco lúgubre y oscura, nos cebaba a comer, fuera una tortilla de patatas, un bocadillo de queso o un café con leche y bizcochos. Y que no le dijeras que no, que te ponía una “cruz y raya” en su agenda del corazón.

Fuera, en la huerta, pastaban los conejos y se comían todos los árboles jóvenes que la familia le regalaba. La hierba era de lo más mullida y estaba  llena de bolitas negras como las de las cabras.

Dorita siempre  que íbamos estaba trabajando: despachaba en la tienda de ultramarinos, ventilaba sábanas y mantas o ponía una conferencia dándole a una ruedecilla como las de las máquinas de coser.

Ahora, a los ochenta y tantos, dice que ya está cansada de la vida, que se le hace muy larga y pesada, y que todo le aburre. Pero nosotros no queremos verle así,  y la pinchamos para que nos cuente cosas y saque su aguijón a relucir.

Su marido, Fernando, vive a su vera, preocupado porque no pasea, porque no sale..., como un perro guardián a la puerta de casa. Su hija, Mari Carmen, los trae y los lleva: de Benidorm a Torrelavega, de Torrelavega a Ruiloba. Intentando que no se quiebren...


 [Publicado en MH. Noviembre 2003]

No hay comentarios:

Publicar un comentario